Algunas veces sonrío

Algunas veces sonrío
Si creo que me estás mirando
O si el brillo en tu melena
Parece el mediterráneo.

Algunas veces sonrío
Si te pongo un nombre falso;
Y me asomo por tu espalda
Y con la vista no alcanzo.

Algunas veces sonrío
Si en la luna está tu cara,
Si en un árbol tus abrazos,
Si en río tu mirada.

Algunas veces sonrío
Si sonríes y me contagias
Si pintamos las paredes
Donde deshaces la cama.

Y sonrío;
Después de la última copa
A mí me apetece otra,
Y en la última estación
Yo me quedo en el vagón
Y sonrío.

Y sonrío;
Cuando no contesto nada
Y adivinas la mirada,
Y cuando se cansa el sol
Sale la luna y sonrío,
Y sonrío.



Algunas veces sonrío
Con las mentiras que pienso,
Con las verdades que callo
Y con las que estoy diciendo.

Algunas veces sonrío
Con la mano en el bolsillo
Vacío de inspiración.
Sonrío como los niños.

Algunas veces sonrío
Cuando salgo por la puerta.
Sonrío para mí mismo
Y se aclaran las tormentas.

Algunas veces sonrío
Y no me gusta explicarlo.
Porque las explicaciones
No se las dejo ni al llanto.

Y sonrío;
Después de la última copa
A mí me apetece otra,
Y en la última estación
Yo me quedo en el vagón
Y sonrío.

Y sonrío;
En la soledad divina
Que es cómplice de la risa
Me descalzo, me desnudo,
Y me rodeo de humo,

Y sonrío.

Atardecer


Al sol le cuesta poco si la tarde
Le pone cuesta abajo el dormitorio,
Como si la cigarra de aquel cuento
Hundiera a las hormigas en el lodo.
El sol es el poder, mas no la fuerza,
Es el calor sin un corazón loco;
Amanecen por él miles de almas
Y mientras desayuna, de algún modo
Alguien sube la cuesta en la mañana
Y él disfruta otra vez la tarde sólo.



Han pasado más horas que un verano.
Se descubrió con nubes en los ojos
Mientras miraba un cuadro de su cara;
El negro aquel también brilló en el fondo
De una pequeña lista de mañanas
Y comenzó la lucha contra el lobo,
Del agua contra el fuego, de la sangre
Contra el aire, de todos contra todos.
Y al sol no le gustaba atardecer
Y la hormiga comió cigarra al horno.

Tendrían que juntarse tantas nubes
Para escribir al menos un recodo
De la historia del sol, maldita historia;
Tendría que llover más de un otoño
En la revolución de los esclavos
Que pinte las auroras como el oro.
Así como la tarde es silenciosa
Así reza el verdugo sin su trono.
Y con esa violencia de colores
nos trata el corazón puesto en remojo.


Zurich, 14 de Febrero de 2013.

Después



Después de haber errado tantas veces
Incluso sin saber que a cierta edad no está permitido,
Y además engordo mi delito
Confesando que me alimentaba de la carroña de errores ajenos
Y los usaba de ungüento sanador.

Después de arrepentirme de haber inflado el pecho con mi supuesta mala fama.
Porque sólo los malos llaman la atención como el perro a las ovejas;
Aunque estas ovejas de hoy día sepan ladrar.

Después de tropezar con las palabras
Pienso que seguir tropezando es una enorme falta de atención al traductor de mis sentimientos.
Esta maleducada boca me avergüenza,
Y yo, tan frívolo, tan incómodo,
Me enzarzo en la batalla de olvidar lo que dije;
Quizá si yo las olvido a ellas, ellas me olviden a mí,
O me recuerden en silencio.

Después de curar un par de úlceras de corazón
La sangre aún se atranca al pasar por la cicatrices,
Pero sigue caminando cansada,
Cansada caminando,
Y todo esto sin saber si tenía el latido donde todo el mundo
O en la perversa puerta de mi sexo.

Después de haber buscado el mar con las ventanas cerradas
Ahora tengo uno que me gusta y sonríe como un niño sin dientes,
Y tiene el atractivo de una adolescente que usa crema para los granos.

Después de haber cambiado el por qué por me da igual
Y no haberme siquiera reprochado el por qué tanto por qué
Al final entiendo que no soy yo el que va a parar la lluvia
El que va a vestir al sol de domingo,
El que adivine cómo continúa la canción desesperada.

Después de haber sido tan débil como la flor de almendro,
Tan fuerte como las viejas cepas que en primavera presumen de extremidades nuevas,
Después de haber pasado el invierno con las manos heladas
Y mis dedos de témpano no me dijeran nada
Más por holgazanes que por educados,
Aquí estoy otra vez:
Agitando una bandera cada tarde
Mientras pienso que este sencillo gesto me hará progresar sin violencia.



Después de una caja de sueños de cristal de bohemia
Quiero hacer un viaje que dure lo que hasta ahora he vivido,
Y como no pretendo defraudarme
Mañana seguramente esté de vuelta.
Me voy tan lejos de mí mismo.
Me voy con la canción que aquí me deja.

Martos, 1-8 de Abril de 2013.

Siempre pensando


El ser horizontal y silencioso
No es aquel que renuncia a la batalla;
Mirad el mar y a sus leves susurros
Siempre luchando con sus tripas marinas
En la tranquilidad, en la constancia.



Esa respiración, salino aliento,
Esas ancianas cejas vigilantes
Que se dejan llevar domesticadas
Por los bailes del viento y de la luna
A una muerte segura y merecida
En las uñas de arena de la playa.

Viene la eternidad tan repetida
Cada vez que una ola coge aire
Que no parece eterna, sino breve.
Viene la eternidad y se va el tiempo,
Y se va, y se va, y se va el tiempo.

Y un nuevo tiempo llega tan desnudo,
Como el mar, sin raspón que lo sostenga,
Tratando de inventar de lo inventado
La necesaria armonía que crea el caos.

Y observando la tragedia de las aguas
Me voy haciendo un ser horizontal
Y silencioso; leve como el líquido.
Sonriente niñez que se renueva,
Que se quita el abrigo aunque haga frío,
Que me abandona y vuelve, y me abandona.
Y en esa lucha estoy: siempre pensando.

No quieras entender a la marea tanto como la entiende el marinero



No quieras entender a la madera
Tanto como la entiende el carpintero.
Pequeño dios, milagro equivocado,
Religión sin santo ni santero.
Si alguien se cae, observas su torpeza
Y en tus ojos se ve un titiritero;
Ni soporta ya el aire a tus pulmones
Ni cabe ya tu ropa en el perchero.
“Maldita sea el amor que me enamora
Y me impide hacer lo que yo quiero:
Que mi nombre llene la voz del viento
Aunque el eco no suene verdadero;
Que visiones y sueños se me ausenten
Aunque el futuro rompa lo que espero.”
No pretendas querer que crezca el trigo
Tanto como lo quiere el panadero.

Sólo los ricos gritan en privado;
Para ellos sale el sol, un caballero
En la calle desnudo pasa frío;
Quizá debamos regalarle un sombrero,
Un sombrero elegante, que le sirva
Para mirar por encima a su portero,
Y las montañas piensen que a su gracia
De deben, por deber, el mundo entero.
Es difícil empresa amarse cuando
La luna va detrás, y el sol primero.
Cerramos la ventana, y abrimos si
Mañana es otra vez uno de enero.
Una oscura mañana es una pena
Si ves que va buscándote un lucero,
Pero es peor aún que el aire frío
Te susurre al oído: embustero.
No quieras entender a la marea
Tanto como la entiende el marinero.


Deberíamos quitarnos la coraza
Y hacer trizas la foto de guerrero,
Ir por la vida a corazón abierto
Ir por el mundo a corazón entero,
Y ver que no nos duele el oleaje
Ni las nubladas tardes de febrero,
Ni el espesor del bosque en las ciudades
Ni el odio cuando mira un extranjero,
Ni la verdad brotando en nuestra boca
Ni la mentira que, como aguacero
Inunda la conciencia sin paraguas.
Ya ni el sol me parece verdadero.

Silencio



Esto no es el silencio
Es el ruido que miente,
Que espera el sueño
En las grietas negras de los viejos ladrillos
Que aún respiran secretos.
Irrumpe en los cristales,
Claros como un deseo,
Cuando el despertador abre la puerta de los basureros
Para que tú elijas el más limpio.




Hay un apuntador en cada esquina
Que te habla si olvidas tu papel,
El mismo apuntador, la misma frase;
Desde que la aprendí
Ya sólo sé actuar fuera de escena.

                     * * *

No percibo vuestra nueva belleza.
Vuestro silencio zumba en los oídos;
Se clava con limpieza
En mi evadida mente.

                     * * *

Quizá no sobre tiempo
Si arreglas las roturas de este mundo.
Ahora saboreo la marejada ansiosa
De llegar a encontrarte
En esta íntima terraza de palabras
Con vistas a mí mismo
Donde ayer oí silencio.
Quizá me haya mentido:
Hoy he visto sus huellas que se alejan.

Paisajes



Como al irse las nubes,
Así queda de limpio un pensamiento,
Tendido, a veces, sobre la libreta,
Quizá saltando de un oído a otro
Cuando se oye la guerra.

Como el peso del sol
Que nadie lo desata de la espalda,
Y el alba niña ya, todo lo pinta;
En un recuerdo de calor, te asalta
Como al papel la tinta.

En aquellos paisajes
En calma como el hombre que calla
Estuve paseando hasta aburrirme,
Y después de dejarlos en la playa
Sentí que quería irme.

Como el verde del árbol,
Tan verde hoy, y mañana quien sabe;
Pálida la mirada amaneciendo,
Tan intensa la tarde que no cabe
En lo que estoy diciendo.



Como el azul del mar
Como el azul del mar que no es el cielo,
Se confunden, se abrazan en verano;
Alguno de los dos parece el suelo
O un sueño reflejado.

Los caminos estrechos
Esconden el encanto de la duda
Sin responder al ojo que no ha visto
El veneno de la verdad desnuda.
Los estrechos caminos.

Cosas que no existen

De ese millón de cosas
que no existen en el mundo,
hay un racimo de ellas
que he criado yo mismo
en mi vientre de loba
tan lunera y celosa,
y yo mismo alimento
en mi clara mentira.


De ese puñado de cosas
que yo mismo amamanto
una de ellas eres tú 
o se parece tanto,
que quería preguntarte
si se trata de tí,
o sigo imaginando.

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Tu piel


Como la noche envidia
el charol de tu piel.
Como la flor se encela
recordando tu olor.
Como la luna sabe
que tú inspiras más versos.
Como la hierba fresca,
Nunca será tan suave
Como haberte tocado
Con mis manos de piedra,
Con la rama de un dedo
Hacer como lo haría
Una gota de agua:
Prolongar un segundo
Hasta que una caricia
Acabe acariciando
El charol de tu piel
Escondida en la noche.

—    o —

Este deseo limpio
que parece aluminio,
como recién nacido
del filo de tus labios,
de mirar de reojo
el aire turbulento
que me acerca a tus pasos,
que tus pasos me aleja.

—    o —

Ahora pasan los días
sin saber a qué hora
respiro por tu boca,
y tu boca no llega.
Ahora pasan las horas
Plegadas en tu ropa.
Ahora pasa un minuto
Oculto en el anillo
De una tarde tan vieja
Que parece una noche,
De una noche tan joven
Que no supo ni serlo.
Ahora pasa un segundo,
Y al segundo siguiente
Pasó ya tanto tiempo
Que mi piel es lagarto.
Tu piel y su misterio,
Tan escondida ahora
Como la voz perdida
En nubes de memoria.
Tu piel que no es la mía,
Porque la tuya tiene
Un mar ensortijado
A punto de morirse
Como mueren las olas
Al final de los mares,
Al principio del tiempo,
Del aire y del recuerdo;
Donde empieza la espuma
También empieza un verso.



Tu piel acharolada
Tu nocturna epidermis
Construye los relojes
Que miden el pasado.
Pasó ya tanto tiempo
Que mi piel es serpiente.
Si me quedo dormido
Nada de esto me pasa.

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No estoy de acuerdo


No estoy de acuerdo
¡No estoy de acuerdo!
Y en mi desacuerdo
Me siento avanzar
Como quien se abre paso entre las zarzas.
Pues no he venido a amarrarme
A la estética, a la piel,
A la presencia.

Las cosas tienen por qué.
Yo quiero hablar de la esencia.
Disculpen mi vestimenta
Y esa falta de elegancia
Que enmudece mis palabras.
Hoy traigo sangre en las manos;
No se asusten, que es la mía,
Que quiero hablar de la esencia.



La esencia viene de amarse,
Y de dolerse al amarse,
Pero también de la risa
Que provoca haberse amado,
Que provoca haber comido
Empezando por un niño
Que sonríe enamorado
Y acabando por mí mismo.

Yo nunca pedí un botón
Para que inmediatamente
El sol se aparte de mí.
Yo nunca pedí subir
Por encima de las nubes.
Yo nunca pedí subir
¿Queréis bajarme de aquí?

Yo he pedido envejecer
Y en este violento suelo
Que acabáis de construir
No creo que pueda ser;
Si no puedo sonreír,
Si habéis cortado la hierba
Y mi ventana se ha muerto
Recordando aquel paisaje
Y ya no me deja verlo.

En mi desacuerdo canto:
¡Quien reparte la comida
no la está bien repartiendo!
Por eso,
Por eso no estoy de acuerdo.


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Changó

En la delgada hora entre el sol y la noche
Changó se arregla el cuello con un collar de perlas
de África venidas; limpias como el Caribe.
Changó mira el espejo de sus antepasados

El tambor más oscuro hace sonar sus tripas.
Una vela ilumina mucho más que una luna.
Una oración se canta desde el túnel del tiempo.
Changó baila de nuevo como bailan los negros.

El hacha les libera los siglos de cadenas.
Las nubes pintan grises al negro de la noche.
El filo de los labios de Changó, habla Nigeria,
y callan las españas, y Cuba es percusión.

Changó mira en la calle las mujeres descalzas
y escribe una canción que quiere adivinar
a qué hora amanece en las playas desiertas
y en qué hora del rezo lloverá Santa Bárbara.

Si cayeran los truenos del cielo hasta las olas
llenarían las aguas las calle de La Habana,
y Changó confundido en medio de los charcos
haría callar la guerra que inventaron los hombres.

Hay una vieja puerta tan cargada de años
que todas las arrugas que decoran su cara
son arrugas de dioses que han sido abandonadas.
Hay una vieja puerta que el hombre no traspasa.

Changó pinta su cuerpo con colores de guerra,
África es el Olimpo que obliga a la batalla.
No hay enemigo en Cuba al que Changó no venza.
Y si no hay enemigo lucha contra sí mismo.

Poderoso es Changó, su mirada y su carne.
Siempre existe un altar en la casa del pobre
para el dios de los truenos, de la danza y el fuego.
En la creencia abunda la escasez del hambriento.


Ahora llega la noche más clara del verano.
Las manos se calientan, Santa Bárbara huye.
Changó se arregla el cuello con un collar de perlas.
Changó mira en la calle las mujeres descalzas.

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Juegos de sol

He subido hasta el cielo
Sin dejar de tocar ninguna roca
Y he visto tras el velo
Que la araña provoca
Un secreto de esos, de tu boca.

Un secreto del sol
Te hace sentir un ser privilegiado.
Una especie de alcohol
Que te deja embriagado
Y es como si hubiese enamorado.

Se enciende la ventana
Si coge despistadas a las nubes
El sol de la mañana.
Sus rayos como uves
Permiten descender por donde subes.

Asciende el sol y alumbra
El secreto que tengo más guardado.
Estaba en la penumbra
El corazón helado
El flaco pensamiento no pensado.



El sol tan indiscreto,
Y la sombra es un antifaz oscuro.
Estoy en el aprieto
De tirar este muro
O levantarlo con lo que te juro.

Y no volverte a ver
Que ya el camino acecha a los amantes
De la iglesia de ayer.
De tus pasos flotantes
Me acordaré mañana, como antes.


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La palabra Xin

Hay una forma de hablar
que ahora cuelga de un recuerdo
donde corazón y mente
eran la misma palabra.

Hay una belleza suave
que la timidez esconde,
es la primavera en ciernes
llena de flores pequeñas,
de pequeños pensamientos
en un corazón dormidos,
de pensamientos tan grandes
que no caben en palabras,
tan tímidas y tan bellas
como primavera en ciernes.

Hay una forma tan limpia
de decir lo que se siente
que justamente se entiende
sólo lo que no se ha dicho.
Para eso existen los ojos
para mirar un paisaje
para sonreir sin boca,
para mirar otros ojos
que por su brillo nos hablan
más palabras que en el mar
caben gotas de agua, y sal;
y hablando del mar, recuerdo
que he aprendido a bucear
en los mares del pasado.

Hay una forma de hablar
donde mente y corazón
me dicen la misma cosa.
Al cerrar los ojos pinto
el contorno de los labios
que anuncian flores y sol.
Unos años traen más lluvia
y otros años, más amor.
Esta primavera en ciernes
aun soplando el viento frío
las manos como el verano
como el invierno los pies
y el corazón dividido
que no sabe si pensar
o si latir al olvido.





Hay un antíguo lenguaje,
un lenguaje de raíces
de caligrafía tranquila;
un lenguaje que abre puertas.
¡Qué bella forma de hablar
donde la misma palabra
te dice lo que has pensado
y te deja que lo sientas!


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Nuevos tiempos

El café, cuando es de noche,
me enternece, me acomoda.
Este ruido de tripas,
esta inquietud en las venas
me abren una ventana
por la que nada se ve.

Mil preguntas tan iguales
como mil noches calientes.
Pan y trabajo en la calle
grita el hombre desgraciado,
yo pido un trozo de mar,
yo quiero calmar mis tripas,
tu pides trabajo y pan.

Cuando se quema la calle
y la hierba sigue verde
me pregunto quién se quema,
me contesto quién se muere.
Hoy han ardido papeles
y la piel huele a carbón;
cuando se enfría la ceniza
nace una revolución
de las tripas, de las voces,
de los brillos de los ojos.

El café abandona el humo
y el hombre abandona el rostro;
el hombre nace de nuevo
el hombre aprieta los puños
el estómago y los dientes,
el hombre nace de nuevo,
nace, y llora, y nace.

Los dos oprimen el pecho
como los fríos nocturnos,
los dos me hielan las manos,
los dos cruzan la mirada.
El orgullo y la humildad
han levantado una plaza
que está a punto de caerse;
quizá una plaza rebelde
pise el suelo que pisamos.
La humildad, si va descalza
se acorrala silenciosa
y se levanta enfadada
cuando le aprieta el zapato.



Ilustración para el poema de Eric Moisy.

Y bailan los oprimidos
sobre la estera ya sucia
y callejera, ellos bailan.
Están hablando de libros
y herramientas de trabajo.
Si no hablo, estoy pensando
y sin pensar, el silencio,
porque si callo es que siento
que derrumbo una frontera,
que está cambiando ese viento.
Los privilegios de sangre,
la educación sin vergüenza,
los bastardos del cinismo;
si me callo es porque siento
que se acerca otra batalla,
que está empezando este viento.

Han mentido los espejos
aunque los libros no mienten,
es el lector embustero
el que ensucia los papeles,
el que mancha las palabras,
el que miente como ignora.
Revolución y cenizas,
quizá sangre sin camisa
puño arriba, ¡voz en alto!
caen los muros de la calle,
la ciudad arde y el campo
brota de nuevo en canciones.
Revolución, ¡voz en alto!.
Quizá sea el mar esa tierra
sin fronteras que buscamos.

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Feliz año nuevo, si es posible.


Has llegado desnudo, con la explosión del llanto,Y te has puesto a dormir, a soñar el comienzo,Tu madre te vigila, y entiende tus silencios,Y tu cara de viejo te atrapa con un lazo.

Te dirán que los pies tocarán tu presente,
Te dirán que la guerra es el miedo del miedo,
Te dirán que la piel es la pared del hueso,
Y que la vida está muy cerca de la muerte.

Querrás leer un cuento que te llene la panza,
Y querrás un poema que te baje la fiebre,
Le pedirás a dios que te mire de frente,
Y él te regalará un trozo de su barba.

No permitas que el hombre que esconde tu mirada,
Ni que tu espalda rota, ni que tu pecho nuevo,
Ni que los malos sueños, ni que los sueños buenos,
Te hagan olvidar la orilla de la playa.



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Soirée

A tu cara tranquila de laguna dormida
Ha llegado el verdugo que se arrastra en el suelo
A cubrirle el encanto con oscuras ojeras;
El verdugo ha llegado con la manta del tiempo.

Las cárceles de vidrio me han cerrado hasta el aire.
La prematura noche se tornó en madrugada.
Te busco en un tropiezo, pero tropiezo y caigo.
Millones de zapatos con la boca cerrada.

La noche se sublima por la duda del sol.
Recuerdo tus museos con el suelo mojado,
Y la agrietada piel, y la arruga en las nubes,
Y la plaza del vientre, y el tranvía de tus brazos.


Si en la noche ya ida me hubieras dado un soplo
Con la fuerza del fruto reciente de tu árbol
Habría dormido más que una sola pregunta
Que por no contestarla me tiene desvelado.

Has llegado hasta mí como el viento a las alas;
En la memoria queda el dulce de tu agua,
En el olvido nada. Empezamos de nuevo
A ver si un día de estos el tiempo sí se para.

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Plaza del vino


Vale lo que vale un pan
Pero alimenta dos veces.
El vino vive en las plazas,
Sale al recreo soleado
De una academia de idiomas.

El vino es una palabra
Que a otras palabras calla.
Acuna el dolor añejo
Y aunque no llame al olvido
Al menos, llora contigo.

El vino vino es más pobre
Que una botella sin vino.
Hay un vino desvinado
Que sólo llena la copa
Del dinero que no cuesta.

El vino es hijo del hombre,
Y del sol, y de la tierra,
De la madera y del fruto,
De la sal y la canela.
El vino es padre de todos.

Camina sobre la tela
Sin arrugas de un mantel
Y con una sola gota
El vino mancha por siempre
Como una mala palabra.



Como una palabra mala
Como una justa, entredicha,
Esa que yo nunca encuentro
Esa que olvido por ti
Esa que el vino no ha dicho.

Este envero tan absurdo
Que me amarga hasta el color
Y este pensar sin camino
Y este buqué avinagrado
Sólo lo disfrazas tú.

El vino vive en las plazas
Y allí descorcho los años
Y el aire con mi antifaz
Hace figuritas rojas
Que no sé lo que serán.

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Notas del pasado verano

No soy hombre de mar
sino de orilla,
de límites, de saber que en la frontera
residen lo secreto y lo imposible.

Si abres la cortina
y te parece
que cabe en la ventana la ría de Vigo,
entenderás que lo que explico no se explica,
y que no me equivoco cuando digo
que el silencio es una especie de botica.



Una cena en París
y otra en el cielo;
es cierto que las cenas hacen daño
al estómago, al recuerdo, a la poesía.
Ahora estoy a dieta de música y paisajes,
y está bajo control la melancolía.

Tomo la carretera
siempre abierta
aunque nunca llego a huir del todo,
tan sólo a retirarme a la avaricia
de dormir y soñar al mismo tiempo,
ya que no tienes piel, ni yo caricias.

Coupage


         Si mezclas dos sabores crearás uno nuevo. O al menos te desmarcarás del habitual, ese familiar cercano del paladar que te reconoce a ti antes que tú a él. Casi siempre, para crear algo nuevo, tienes que coger de lo que ya existe, y mezclar, y rectificar hasta que nace. Tantas veces he descartado una foto que después quise recuperar de lo imposible, que estoy acostumbrado a rectificar, y también, a mezclar, que es una manera de dudar y de no buscar respuesta.


         Allí estaba yo sin mi cámara de fotos. En la oficina donde me contrataron me dijeron que la bodega organizaba visitas abiertas y que podría aprovechar una de ellas para familiarizarme con el sitio, pero me advirtieron de que delante de los turistas no hiciera fotos porque, como en algunas iglesias, estaban prohibidas al público en general. Pensé en usar el recorrido para localizar encuadres y sitios clave donde ocurren los acontecimientos importantes desde que se coge un racimo de uvas hasta que te bebes el vino, y así ir preparando mi encargo para la campaña publicitaria que las bodegas acababan de dejar sobre los ojos de un fotógrafo novato, muy bien preparado técnicamente, pero con ninguna experiencia. Sobre mis ojos se vino el brillo de vidrio oscuro de su pelo, y su mirada se me hizo corta, suspirada. Ella se escondió entre las visitas, y yo, con disimulado interés la seguí sin prestar atención a las explicaciones de Lola, la guía de la bodega. Así fuimos, camuflados en el racimo de gente, ella haciéndose de vez en cuando la encontradiza con mis ojos y yo con su trasero, aunque sin mantener la mirada. Después de una calle de barricas apareció en una esquina una puerta de madera clara con clavos negros como lunares y un cartel que prohibía la entrada a toda persona ajena a la empresa, aunque la puerta me guiño un ojo por el que vi una luz tenue y amarilla como la del sol después de morir. Yo iba el último del grupo, Lola ya no podía verme. La chica de los ojos vivos se hizo la remolona tocando lentamente la madera de las botas e intentando descifrar la dedicatoria que habría dejado algún personaje ilustre. Le señalé la puerta con los ojos y entramos con naturalidad; nadie sospecho de nuestra ausencia. Dentro había una cueva de vinos, lo que otros llaman cava. Rodeaba la habitación entera, vistiendo los ladrillos, una fila de estantes de botellas, una colección enorme de vinos de guarda, lo que otros llaman reserva. Me acerqué a su cara después de cerrar la puerta y le ahogué un monosílabo con el dedo en vertical sobre sus labios. Y no hubo palabras, solo gestos, miradas, caricias, sexo sin cortejo, sin prolegómenos, lo que otros llaman preliminares.

         La habitación estaba preparada para reuniones y catas que, por su tamaño, pocos podían disfrutar. No había más que una silla, quizá para tomar notas. Encerrados en cristales dormían decantadores, abrebotellas de distintas formas y una fila interminable de copas de diferentes tipos y tamaños. Entre el sueño embotellado de los muebles unas fotos recordaban momentos de gloria para las bodegas. A nosotros nos vino de perlas el escondite. Una cueva es como una isla desierta con poca luz.
        
         Empezamos a besarnos y a buscar trozos de piel bajo la ropa. En seguida nos emborrachamos y aun así abrí una botella del primer vino que se acercó a mi mano y lo serví en una copa Borgoña. Era un vino viejo y pálido, al contrario que ella que azuleaba su juvenil sonrisa. Lo probé y después de analizarlo como si en otra vida hubiera sido somelier se lo di a ella, que bebió y me devolvió parte con un beso. El buqué del primer sorbo cambió por completo; ahora estaba caliente y entre sus frutas estaba la del deseo. Se sentó en la silla quedándose a contraluz, insinuando los contornos de su piel debajo de una camisa blanca que dejó en seguida de servirle de envoltorio de sus senos. Puse la copa cerca y mojando dos dedos fui describiendo en su pecho un camino con mis huellas que se cruzó con otro y que a su vez fue borrado por otro. Cada vez sacaba mas vino de la copa hacia sus contornos cálidos, con más rapidez, y con menos precisión. Ella se sentó en la parte delantera de la silla, se subió la falda a la cintura y se inclinó hacia atrás con la boca y las piernas abiertas. Yo hice lo que pude para quitarme la ropa sin robar protagonismo al vino, que seguía su camino piel abajo; intentaba bebérmelo pero me era imposible parar la riada. Estaba de rodillas delante de ella; mire hacia arriba y descubrí que se estaba derramando el vino directamente de la botella sin ninguna educación enológica. Cuando me vio dio un trago a la botella rodeando su entrada con el tacto suave de sus labios, y yo baje hasta el triangulo de su racimo que me esperaba húmedo, jugoso desde hacia un rato. Con el suelo ensangrentado dejamos a un lado la silla y nos tumbamos sobre el vapor de alcohol y madera que cubría las baldosas. Hicimos el amor con la poca respiración que nos quedaba y toda la embriaguez que el ambiente nos había provocado. Conseguimos un aroma de fruta sudorosa, un sabor a dureza, un tacto de piel liquida, una imagen traída de las entrañas de la tierra hasta nuestros ojos nublados, hasta nuestra lengua suelta, y sin embargo muda. Un coupage redondo, más bien duro al ataque, por las prisas, pero bien abocado y nada agresivo.

         Lo que tocaba ahora era reposar, como un caldo en su cuna de madera, descansar, abrazarse, decantar en silencio el final de aquella fermentación; pero no pudimos. Tuvimos que irnos con el pelo mal puesto y los aromas del vino bailando en la carne. El charco de vino quedó allí aunque nos prometió que no diría nada a nadie a pesar de que levantaría sospechas. La copa escurría el cuerpo del vino como si fuera lluvia. La botella rodó manchando la etiqueta de rojo apasionado y se paró debajo de la triste luz de la cristalera como el bohemio se para a pensar bajo las farolas de París. El abrebotellas permaneció enroscado en la carne del corcho que sangraba su más preciado secreto. Miramos la escena, el quieto paisaje provocado, como el de un crimen sin víctima. Nos besamos de nuevo y sin desearlo salimos de allí al encuentro del grupo de turistas tomando dos calles diferentes. Entre las barricas veía pasar su pelo, ahora sin brillo, aunque con otro encanto.


         El resto de mi estancia en las bodegas ocurrió más lentamente, aunque con menos intensidad. Realicé mi trabajo buscando lugares con poca luz, hice varias fotografías con la base de un charco de vino derramado en el suelo, y completé el trabajo con unas fotos de estudio que protagonizó una modelo conocida sólo en mi íntimo círculo de amistades: mi hermana. Entregué el trabajo y la sensación fue muy positiva por parte de los dueños; tenía algo de miedo ya que los pocos que lo habían visto lo juzgaron como atrevido, pero resultó aprobado por unanimidad en el consejo de las bodegas que se celebró en una sala con la puerta de madera clara y unos clavos negros como lunares. Quedamos en que en el plazo de un mes la campaña publicitaria saldría a la luz, y yo cobraría el precio pactado. Y así ocurrió, tan suave, sin rectificar, sólo mezclando, tan limpio de problemas que no parecía ser obra mía, teniendo en cuenta mis antecedentes. Cogí mi cheque, lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón y me subí en el coche para hacer el viaje de regreso a casa. A la salida de las bodegas, en el cruce de acceso a la carretera nacional, había un cartel nuevo que decía: “Llámalo recuerdo” sobre una foto de un ombligo femenino por el que caía dejando su rastro una gota brillante y casi morada de vino; abajo en una esquina el nuevo logotipo de las bodegas y en letras mucho más pequeñas el nombre de un fotógrafo que nadie conocía. 


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