Cuento de Navidad




Había una vez una mujer que contaba cuentos a los niños de todas las edades. Era una mujer con más de 700 años – cada semana cumplía uno – pero con una piel blanca y suave como cualquier joven de su edad. Tenía unos ojos negros que eran como bolas de cristal de donde hacía salir la magia de sus cuentos. Un día llamó a casa a un grupo de niños y niñas y los sentó alrededor de la chimenea para contarles un cuento muy triste. Los niños vieron que la anciana de la eterna cara joven había envejecido de repente. Ella les dijo: “Mirad niños. Os voy a contar el secreto de mi juventud. Ninguno de los cuentos que os he ido narrando en estos años es mío. Ahí está el secreto. Cada cuento que recibía provenía de una persona diferente, tenía una opinión diferente, a veces, sobre el mismo tema; pero todos y cada uno de ellos fueron contados aquí. La magia surgía en vuestras caras; y habéis sido vosotros los que me decíais con expresión de satisfacción o de incredulidad si el cuento era un buen cuento o no lo era. El otro día me sentí mal; ya estuve así otras veces, así que no le di importancia. Vino el doctor a hacerme un reconocimiento y me dijo que la pócima que estaba tomando ya no me hacía efecto. Me diagnosticó una carencia de vitaminas esencial para continuar con mi vida. Después de buscar y buscar por todos rincones de este inhóspito bosque, me dijeron que la fórmula que necesito no existe (al menos no está a mi alcance). Así que este es mi último cuento. La próxima semana cumpliré 769 años y moriré de vieja, que es la forma en que todos debemos morir, para que sigan otros más jóvenes. Y moriré en Navidad, porque es mejor renacer que morir. Gracias.”


Me fui de allí con un sabor a melancolía que llenaba mis pensamientos de recuerdos: mis cuentos nunca fueron mágicos, pero ella supo cómo vestirlos con brillantes. Mis opiniones políticas, mis viajes, mis carnavales, mi vida, mis críticas, mis elogios, mis paisajes, mis deseos tomaron la forma de cuento de Navidad en la puerta de un cementerio. Cogí el antifaz y lo miré por el otro lado, por donde vosotros lo miráis siempre y yo nunca. Era brillante, plateado lunático, y con una cinta de raso del color de un amanecer. Lo enterré al pie de un árbol y tapé el hueco con un montón de hojas secas. Me fui de allí pensando: “Gracias vieja por los 160 años que pasé contigo. Nos vemos “Día a día”.


Cuando volví a la casa, ya no estaba. La mecedora brillaba reflejando las llamas de la chimenea. Todavía se mecía ligeramente, pero ella ya no estaba.

Manifiesto

Como si se tratase de empezar, a pesar del inminente final, hablaré de mí, a pesar de vosotros. Me manifiesto en esta agonía semanal que acaba con el año y con la luz de tus hojas. Como si de empezar se tratase empiezo a caminar por otro sitio en cuanto me cierres la puerta. Seguiré gritando alegre la locura, el desorden, la piratería o cualquier otra ilegalidad descafeinada que me brinde la vida. Porque esta vida es mía, y si vienes con cadenas, ataduras o prohibiciones ya te puedes ir largando. Yo elijo. Si quiero reír, ríete conmigo, y si quiero llorar y no te gusta, aquí me quedo disfrutando de mis ganancias y mis pérdidas, de mi rabia y mi coraje. Siempre preferí perder porque no aguantaría ser rico; por eso de todas las cosas que gano, lo que no conservo es el dinero.
Me voy con el reloj, que va sólo hacia delante. Así que pienso sazonar cada momento de los que aquí piso con toda la intensidad que me permita el corazón; que no tengo pies, sino corazón para caminar siempre adelante, como el reloj. Lo vivido ya no vuelve. Se recuerda y se sigue alimentando el futuro desde este mismo segundo en que mis teclas están apagando la música que torpemente he construido para ti durante tanto tiempo. Así que miro adelante, porque de mirar atrás me duele el cuello y el calendario.



Yo no soy ni mi padre ni mi hijo, soy el hijo de la suerte de mi padre, y el padre de la alegría de mi hijo, un eslabón más. De eso es de lo que disfruto, de mi momento. Y no quiero más leyes que las que el amor escribe. Y no quiero más política que la que da de comer al que confunde el enorme hueco de su estómago con el de su alma. Y no quiero más risas que cualquiera que se me acerque a los ojos. Y no quiero más llantos que aquellos contra los que merece la pena luchar. Y no quiero vivir más que una vez, ya tengo bastante. Y no quiero escribir más tonterías que todas las que seáis capaces de soportar. Y no quiero nada más que todo lo que quiero, ya tengo bastante. Y no quiero que con las uvas se vaya el año descalzo, que se lleve el humo negro que dejó, porque el año que viene tendremos más. Y no quiero nada más que vivir, aunque sea sin revista. Puede que la vida sea una puta, pero yo la quiero así, alegre y puta. Qué más puedo pedir si con un café y un cigarro viajo más que con Peter Pan. Anda y vete. Que aquí sigo yo con mi antifaz, como el día que empecé a susurrarte al oído el derecho que tienes a ser feliz en esta única vida que tenemos. Manifiesto.

Casablanca

Hace 65 años que estrenaron Casablanca. ¿Quién no ha visto Casablanca? (hablo de la película, no de la ciudad). Encajada en un entorno político que dividía al mundo en dos bandos, la fábrica de sueños, nos enamora con una historia de amor y justifica su posición en la guerra contra los nazis alemanes y el ejército japonés (el otro bando) declarada un año antes tras el ataque a la base de ‘Pearl Harbor’. Es una manera repetida de disfrazar la realidad de ficción, pero qué manera de hacerlo.



Rick es un tipo duro con el corazón reblandecido a base de whisky y tabaco. No demuestra sus sentimientos, aunque alguien puede pensar que los tiene. Oculta sus buenas acciones. Cada copa es un viaje al recuerdo diluido, una carrera contra el olvido; pero el viaje le dio billete de vuelta.
Ilsa es una mujer apasionada con antifaz de causa histórica y compañera perfecta. Es un cofre de secretos; una pregunta eterna (piensa tú por los dos). Quiere a Víctor, la realidad. Y ama a Rick, la imaginación.
Sam es la sombra de la historia. El que escribe la música de lo que pasó y guarda en su piano salvoconductos de futuro y canciones del pasado. Es la música que no puede faltar, la que duele y alivia. El sitio donde ir cuando no quieres hablar pero no puedes callar.
Víctor es el admirado ejemplo a seguir, la lucha ideal, la causa noble, el descuido sentimental, el amor sin altos vuelos, con los pies en la tierra.
El capitán Renault es uno de tantos que viven a costa de la miseria de los demás, obviando ilegalidades a conveniencia y callando su boca con el bolsillo abierto. Está en los dos bandos, pero nunca al mismo tiempo. Es un equilibrista sin corazón. Hay situaciones que fuerzan a uno a actuar así.

Dijo el antifaz un día que la política no es algo sentimental; en esta película hay un cóctel de amor y odio, de olvido y guerras, de Patrias y patrias, que condicionan las decisiones; aparentemente. ¿Somos así nosotros? ¿Eres tú Rick o Víctor o Ilsa o Renault? Porque digo yo que la película acaba bien. ¿O no?

Doble carril

Hace 16 años, tenía yo menos barba que sabiduría – ahora sólo me creció la barba – y fue mi primer año de universidad; precisamente empezaban las obras del primer tramo de autovía (doble carril para cada sentido y nada más) entre el pueblo y la capital. 24 kilómetros me separaban de la puerta del saber, aunque yo fuese a aprender otras cosas que no eran precisamente Álgebra, (física y química sí, pero a nivel práctico). Recuerdo aquel tortuoso año de traslados interminables, carriles provisionales, desvíos, retenciones… recuerdo aquel tortuoso año con una lejanía histórica, casi invisible.


La semana pasada vino el político de turno con sus correspondientes tijeras y cámaras de fotos alquiladas, cual Trajano en el estreno de la Vía Apia, a inaugurar el tramo de autovía (bellísima metáfora de la amplitud), que acaba circunvalándonos y que conecta rápidamente a mi pueblito con el resto del mundo. ‘Tutti contenti”. En la antigua Roma construyeron 560 Km de Vía entre el foro romano y Brindisi – en el tacón de bota de Italia – para dar acceso al Adriático y acercarse hacia Grecia. En esta época que ahora vivimos, se nota que han pasado 2300 años. Hemos hecho 1,5 kilómetros de doble carril por año y el empedrado asfáltico resulta una fiel imitación de aquella calzada antigua. La diferencia es que la Vía Apia no tiene tantas curvas.
En un alarde de imaginación – quizá por la copa de vino, o porque un político es en sí un borracho emocional – nos alentaron sobre el brillante futuro y la continuación de la calzada en busca del mar. Vamos, que a este paso, para el año que viene salimos de trabajar a las 2 y llegamos Málaga a las 2 menos cuarto. Señores, pónganse una medalla; sino, yo se la regalo. Porque sí. Porque se la merecen. Por el esfuerzo realizado. Medalla al consejero, al alcalde, al delegado, y a sus marionetas. Medalla al cinismo. Medalla de oro a la inutilidad. Medalla al mejor vendedor del año, del lustro, del siglo (pero que caro venden para lo poco que pesa). Tenemos lo que nos merecemos; en este caso sí. La diferencia entre estos políticos y los que construyeron la Via Apia es que a estos los hemos elegido nosotros. Estos son los socialistas del Vini, vidi, vinci.

Palabras



Esqueleto de palabras
Poderosas, descarnadas.

De palabras respiro
Hunde tus palabras y me matas
Entre te quiero y te odio
Solo hay unos cubatas.

Lluvia de palabras
Que apenas si mojan
Los pies
De mi enciclopedia sin hojas.
Paraguas, ceguera;
El ciego es el que ve.
Sordera canalla,
El sordo es el que calla.

“Parole”
Bullicio de palabras italianas
Que ahora no entiendo.
Las pienso mañana.

Entre montañas de palabras de cristal
Es más sabio el que menos habla.
Palabra,
Yo te quiero tonta de la boca.
Tus palabras no me amargan.
No te calles, lengua rota.

Palabra loca,
Locura saturada.
Si se para el reloj no se oye nada.
Ahora te toca
Habla tú, locura loca.

Barrio Séxamo

El otro día saltó la noticia. Los americanitos del norte, esa especie en peligro de no extinción que gastan más dinero en estudiar la influencia del movimiento de rotación de un trompo en las mentes infantiles que en darles de comer, ya no pudieron aguantar más. Los contenidos de la serie Barrio Sésamo no son aptos para los niños. La verdad es que hay que tener cuidado con lo que ven los niños porque pueden coger traumas. Ya había escuchado infinidad de comentarios sobre el triángulo amoroso que existe entre Pedro, Heidi y Clara: que si la leche es muy espesa, que si las cabras tienen cuernos…; o la dudosa orientación de los Teletubbies, que aturde a las almas de conciencia recta y misa dominical porque no saben si son machos o hembras. Pero esto de Barrio Sésamo es que no le encuentro explicación. Como no sea que Epi y Blas hayan salido del armario después de haberlos visto ducharse en algún capítulo o comer juntos galletas en la cama. Como no sea que Gustavo la rana sea ahora reportero erótico. Como no sea que Espinete fuera el exhibicionista que se pasaba todo el día sin ropa y para acostarse se ponía el pijama. O eso de que Coco montase a la Jaca Paca traía doble sentido. La verdad es que no recuerdo cómo explicaban el arriba y abajo, el adentro y afuera, pero no creo que… vamos, qué barbaridad.




Así que los analistas de la sociedad que redime al resto de los mortales, que no somos ni estados ni unidos, han puesto dos rombos a la serie Barrio Sésamo – me imagino entrando en un sex shop para preguntar si tienen el capítulo donde el Conde Draco cuenta hasta 69 – porque prefieren que sus infantes vean en la tele las detenciones policiales en directo, la agresividad de Pressing Catch para que después jueguen con sus muñecos de plástico a dar patadas a las cosas, a la gente, o incluso algún discurso del presidente Bush.

Por cierto, estoy de un salido últimamente. Es que voy por la calle y me quedo mirando a una mujer – con el mentón caído – como si hubiera estado veinte años en una isla desierta. Si fuera americano tendría explicación. Bueno, os dejo, que voy a ver con mi niña una serie en la que sale Barbie, esa sí que está buena, y no Peggie.

Eva



Soy Eva con pecado y sin manzana.
No tengo Adán
Que me regale tacitas de porcelana.
Mi Adán de lunes a viernes
Vive en el bar de la esquina,
Y ya sólo se le empina
En los fines de semana.

Sola a solas, y risa por delante,
Ropa de poca plancha en el armario,
Unas copas de gorra.
Este pintalabios
Como mis amantes
Es de los que se borran.

Tengo una foto borrosa
En el espejo del bolso.
Soy valiente, soy capaz.
De ponerle mis ojeras a tu esposo,
Con tanto rimel que parece un antifaz.

Soy la Eva sin Adán
Hasta las uvas de fin de año
Tienen sabor a vinagre.
Soy la borrachera de nadie,
La fiesta de los demás.
Con el destino hago apaños,
Y hemos pactado que al menos
No haya nadie que olvidar.

Sin techo



Bautizo alcohólico en la estación del metro,
Poeta hiperbólico de las buenas maneras,
Intruso en los zoológicos urbanos,
Anónimo con una historia cualquiera.
Renuncia de nuestro desorden sin carné,
Vanguardista de moda sin peluquerías,
Forzosa ironía.
Dueño de un mundo al revés.

Cielo de cartón.
El colmo de la educación
Porque se dejan ver para que existan los ricos,
Pájaros sin alas ni pico.
Carrete de fotos velado,
Chaqueta prestada con corazón en el bolsillo.
Muñeco imprescindible en el portal de Belén,
El precio de las conciencias,
Estatuas móviles entre la gente,
Empujón, vaivén indigente,
Vomitar es una ciencia.


Libertad y nada más que libertad hambrienta.
Faltas de ortografía en los ojos,
Piojos.

Recibidor del olvido,
Paria sin unión carnal.
Ya no hago el amor contigo,
Imagino que el amor se me ha descolorido.

Macetas de un jardín carente de riego,
Barba de veinte años,
Anhelo,
Sin techo, se ve el cielo.

Fumar es un placer

Con un café te retinta el sabor, con una cerveza anestesia tus nervios, con un paisaje me fumo dos, con un contratiempo evoca mis reflexiones, con una reflexión me inspira las palabras que me faltan, con una palabra se prende el fuego. Con prisas se acaba pronto, con calma no te das cuenta de que se acaba. Tacto de papel fino como la piel blanca y suave. Aroma de evasión. Sonido imposible. Crujidos de fuego visuales. Y sabor. Sabor repetido, compartido, recordado, extrañado, esperado, y finalmente saciado.



Fumar es la canción que dice que fumar es un placer. Fumar es voluntario, y por eso mismo, por ser de libre elección, te sientes preso después de delincuente con apetencia de infringir la norma, la ley o la piedra filosofal del cáncer de pulmón. El cartel clavado en la pared no solo te dice que no lo hagas, sino que impide que te sientas cómodo allí porque no paras de pensar en la llama que te enciende ese primer beso de humo. Y los demás no entienden tu inexplicable y repentino mal humor, tus respuestas cortantes, que acaban siempre con la conversación, y te vas a fumar.
La ley antitabaco es absurda. Que conste que yo no quiero fumar delante de nadie que no soporte el humo. Que nos pongan pena de muerte a los fumadores; y ya de paso, para medalla de oro del absurdo, también a los suicidas.
Fumando espero, no sé qué, pero fumando.

La sonrisa de Rajoy


Rajoy es un personaje extraño; no es el típico político que pone antifaz a las mentiras con un tono de normalidad apabullante y creíble. Este señor practica el cinismo de querer que nos lo creamos a base de ponerse serio, como si reír y mentir fueran siempre de la mano. Si publica un video institucional, con bandera, foto familiar y la estantería ordenada, se pone serio; la bandera es algo serio, muy serio; la patria también, pero no tanto como para sujetarse las gafas con el entrecejo. Si da un mitin para hablar de lo mal que lo hace Zapatero, su cara denota acidez de estómago o convulsiones intestinales – que es donde los políticos guardan sus argumentos – e incluso en alguna pincelada jocosa, el señor deja quieta su faz de escayola; eso sí, los que se ríen son los jóvenes de detrás, quizá porque la gomina les aplasta las sienes o el lagarto del jersey les muerde el corazón. Si concede una entrevista al Quintero en la tele da la sensación de llevar el esfínter anal contraído, y eso que éste presentador da pie a respuestas relajadas y juega con las pausas para que el entrevistado abra el bote de su intimidad. En resumen: rigidez y empeño en que todo el mundo esté de acuerdo.


Sin embargo le he visto esbozar una sonrisa. Hay ocasiones en las que Mariano se le pinta en la cara una expresión de burla socarrona que casi deja leer su pensamiento. Cuando ETA rompió la tregua y abrió la posibilidad de matar a cualquiera sonrió; cuando hay un conflicto verbal entre el Rey y Chavez, echa la culpa a Zapatero obviando la mala educación intencionada de Chavez y el poco aguante del monarca para reuniones tan largas y sonríe; cuando el IPC sube más de lo esperado e impide a la gente de la calle hacer planes de futuro porque la hipoteca es un dragón que se lo come todo y al carro de la compra cada vez le caben menos cosas por 50 euros sonríe, cuando las obras del AVE no llegan a terminarse según lo previsto, a causa de un trazado aprobado por su partido y ejecutado por una empresa afín a su partido, causando un caos circulatorio cada día en una ciudad como Barcelona sonríe. Me pregunto de parte de quién está el tío este. O mejor qué clase de España es la que tanto le llena de orgullo. De mí no te ríes, bufón de las tragedias ajenas.

Nieve



En la montaña de mis sienes está nevando
Y el antifaz azul se ha puesto blanco.



De blanco te has vestido en esta fiesta,
La fiesta fría de la despedida
De aquella primavera en flor teñida,
De este verano que dejo la calor esta.

La claridad despierta mis sentidos
Y pinta mis arrugas con la nieve.
Si nieva sobre mí es porque no llueve
Y si no llueve es porque ya ha llovido.

A ver la nieve primera voy corriendo
Como aquella que vi el año pasado
Como aquella que todavía estoy viendo.

Me está nevando la nieve desde dentro
Ahora que los recuerdos están descongelados
Y el alba viene antes que el sol que está saliendo.


Voy a escribir de nuevo sobre el paisaje helado,
Y no haré bolas de nieve ni muñecos calientes,
Ni una fotografía que recuerde el presente,
Porque el futuro que viene ya lo tengo olvidado.

Y dame un beso en la frente
Antes de que el blanco se derrita
Y venga después la luna tan bonita
Jugando al escondite con el sol ardiente.

Aló presidente

Llega Don Hugo con su camisa roja y su sonrisa amplia como la Laguna de Canaima. Hoy llegó temprano al programa. En su expresión se siente la satisfacción de haber sido nominado a un premio de cine (pero no un premio norteamericano). Se sienta en el sillón aplomando la espalda y afirmando la sonrisa. Distraídamente mira a la cámara. Le hipnotiza. La cámara y él son una pareja perfecta en este juego de palabras que salva al pueblo de la república bolivariana de Venezuela. Sin quererlo, sin planearlo, sin que nadie diga nada, empieza a hablar:

“Queridos compatriotas, lo hemos hecho de nuevo. No teníamos a Bush en esta reunión, pero teníamos españoles y usamos al diablo Aznar para distraer la atención de Latinoamérica y hacer pensar al pueblo venezolano que su único salvador soy yo, que la voluntad del pueblo pasa por la mía propia. Queridos compatriotas, como no tengo ningún mensaje que dar que os haga pensar que nuestro país va a mejorar en términos sociales, os voy soltando estas puñaladas contra los capitalistas del mundo que tanto os gustan y tanto alimentan vuestro odio y mis votos en las urnas. No habrá finalmente ningún venezolano desde Bolívar a Zulia, desde Amazonas a Nueva Esparta, que no afirme que soy su guía espiritual, que sin mí esta república estaría condenada. ¡Y cómo se enfadó el viejo rey cuando premeditadamente interrumpía yo al presidente Zapatero con argumentos Aznarianos y con la ayuda de otros caudillos como Ortega lo es para Nicaragua! Qué risa nos hizo comentarlo después de la reunión queridos compatriotas engañados. Soy el mejor, aunque no me lo ha dicho nadie, pero yo lo sé. ¿Quién dijo que no hay que mezclar política y religión? Yo voy a ser vuestra religión…”


De repente se oye al regidor oculto detrás de la luz de los focos: “¡Vale. Corta aquí! Don Hugo se enrojece y no por reflejo de la camisa: “¿estabais grabando? Pero qué estúpidos. Borrad inmediatamente la cinta. Mejor entregádmela. Es increíble que todo lo tenga que hacer yo. Con este pueblo no sé dónde vamos a llegar.”

La cajita de música.

La cajita de música es un cuento que lleva cinco capítulos escritos por cinco personas diferentes. Euchy escribió el quinto y me tocó continuar de rebote ya que Janecita estaba ocupada. Se lo paso a Faby. Espero que pueda seguir.


Aquí se pueden leer los cinco capítulos primeros: http://euchy.blogspot.com/2007/10/estoy-pensando-en-la-nia-y-la-cajita-de.html



Aquí el sexto:


Seguramente no. Las palabras se las lleva el viento, aunque algunas quedan en la memoria para siempre. No puede creer que precisamente hoy aquellas palabras florezcan:
- Es tu primer cumpleaños conmigo, pide un deseo amor.
- Si lo digo no se cumplirá, ¿verdad?
- Eso son tonterías.
- Que cuando cumpla 60 años más mire al sillón de al lado y tú estés allí.
- Se cumplirá. Ahora abre tu regalo.
- ¿qué es? … ¡una caja de música! ¡me encanta, gracias!
- ¿bailamos?
Y bailaron durante 60 años agarrados al mismo ritmo musical. En la cercanía de miles de abrazos, en el olor que crearon juntos, y en la distancia más absoluta que parecía oscuridad más que distancia.
Ella pensaba que no podría ser, que moriría de la emoción antes de salir al patio. Alguien gritó: “Ha venido el abuelo”.
Allí estaba, hoy apoyado en un bastón, pero con la misma mirada del primer día:
- ¡Tú! ¿dónde estabas?
- Buscándote amor.
- ¿A qué has venido?A cumplir tu deseo… ¿bailamos?

Galicia y dios




Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pe dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.

Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.

Si cantan, es ti que cantas;
si choran, es ti que choras;
i es o marmurio do río,
i es a noite, i es a aurora.

En todo estás e ti es todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca,
sombra que sempre me asombras

Rosalía de Castro.





Si existiera dios tendría que venir del mar, porque no hay sitio más profundo ni más ancho, ni más loco ni más intenso, ni más misterioso ni más fuerte, ni más astuto ni más libre, ni más secreto ni más cárcel que el incontable azul.
A los hijos del mar se les agrieta la cara como recuerdo de antiguos maremotos, furia de los dioses; se los llama lobos de mar a los que entraron en su templo inexpugnable. A los que no somos hijos del mar se nos llama turistas, marineros de agua dulce, grumetes de tierra adentro, porque no sabemos de la verdad de Neptuno ni del cantar de las sirenas. ¿Qué no?
Encontré en Galicia el final de la tierra, donde siglos atrás se acababa lo que podía escribirse con la mirada y se encontraba el principio de leyendas e imaginación supersticiosa.
Encontré en Galicia un gallego que vive en el mar, que come del mar, que mira al mar lanzando flechas como signos de interrogación. Encontré un gallego sin patria, un gallego sudamericano, un gallego ateo, un sin atar de Galicia, un gallego que creía en el mar; y ese gallego era yo: el recién llegado, el inminente huido.
Y entre el mar y el cielo, y el viento y el sol, y las distancia y la mirada, y mi garganta y mi fe, pusieron la muralla de un castillo para que pudiera seguir creyendo en ti sin haberte visto, dios del mar.

De burkas y hiyabs

Hace unos años conocimos a Rassana, una chica malaya que llegó a este lugar becada por una universidad inglesa para realizar prácticas en una empresa de aquí. Rassana es alegre, tiene un sentido del humor amplísimo, una capacidad de adaptación enorme, lleva un hiyab, es una gran trabajadora; después de mucho tiempo sin tener noticias suyas – lo último que escuché es que volvió a Malasia a trabajar en la empresa de su padre – me acordé de ella, de su mirada y de su sonrisa, de la luna malaya que hay en su cara.

Ahora estamos cuestionando que las niñas van al colegio con hiyab. Ahora nosotros decimos, que el velo musulmán es un símbolo de sumisión de la mujer ante el hombre, cuando lo que estamos queriendo decir – preguntar en CIU – es que nuestra estrechez mental no nos permite ver que la gente haga cosas diferentes a las que nosotros hacemos, porque nos gusta que todos vayan iguales, que todos hagan lo mismo, y que lo que hagan coincida con lo que a nosotros nos parece bien. Algunos llegan más lejos, y lo que realmente les gustaría es que todos tuviéramos el mismo color de piel. Se me tuesta el ánimo al sol intolerante.


Porque sí. Porque nos da la gana, todos tenemos que ser del Madrid o del Barça, todos tenemos que llevar camisas de cuadros de colores chillones porque ahora se llevan así, todos tenemos que votar al pesoe o al pepé, y todos tenemos que ser heterosexuales, a ser posible de esos que gastan bromas humillantes a las mujeres para que los otros hombres se rían (pero el velo sigue siendo discriminatorio y sexista). Muchos tabiques en la cabeza para tanta libertad en la boca.
Si tu escasez neuronal no me permite manifestar mi forma de vestir, de hablar, de sentir, no me va a quedar más remedio que defenderme y gritar en la calle que me alegro de no ser como tú. Espero que tu raza esté en peligro de extinción, yo no haré nada por mantenerla. De acuerdo en que el burka es una cárcel de tela que anula a la persona. Quitáoslo todas a la vez. El hiyab es hoy día una manifestación cultural, y para quien no sea aquí lleva mi denuncia contra el que la obliga a llevarlo si ella no quiere, ¿no llevas tú un crucifijo todo lo grande que tu bolsillo pudo pagar? El hiyab no somete a ninguna mujer que no quiera ser sometida, sino cómo iba yo a acordarme después de tanto tiempo de la sonrisa y de la profundidad de la mirada de Rassana.

Pato estiloPekín



En estos días hace un año de mi último viaje a China. Después del día de la fiesta nacional aprendí como hacen allí el pato al estilo Pekín. Una tortita fina de harina se pone sobre la mano, se unta con salsa de soja y se pone manzana y carne de pato en trozos. El paladar es un festival de contrastes. Lo seco de la harina con lo jugoso de la salsa, la dureza de la carne con lo tierno de la manzana, lo dulce con lo agrio. Así es China.

El contraste continúa en el templo. Los monjes budistas encienden varillas de incienso para perfumar la fiesta. Entre el perfume, los paladines de la conciencia oriental rezan por la paz y por la libertad de sus hermanos en Birmania, porque acaben las represiones, porque el pueblo se levante detrás de la bandera que están agitando los budistas birmanos.
Con estas imágenes empiezo a recordar una dictadura que hubo aquí en este país. Eso de que el franquismo ha pasado es un cuento chino (nunca mejor dicho); el franquismo es una parte de nuestra historia, y su peso sigue presente en medio de nosotros. Esto de obligarnos a olvidarlo es un gravísimo error. Pues los monjes que tenían el control de las mentes débiles de aquella dictadura, en lugar de salir a la calle a reclamar libertad y justicia, refugiaron al generalísimo bajo palio haciéndose cómplices de los crímenes del régimen. La religión reprimía en el púlpito. Los curas transmitían miedo en lugar de amor. Y, ahora, para contrarrestar el efecto recordatorio rojo de la ley de la memoria histórica, que permitirá seguramente a algunos saber dónde están sus familiares que un día desaparecieron, ellos organizan una fiesta vaticana – con el PP de invitado de honor – para santificar a los curas que pasaron el filtro de sumisión al fascismo; a los otros curas no. Pero con el otro lado de su oculta moral, piden que no destapemos la historia negra.


Desde luego no estoy de acuerdo en que quiten los símbolos del fascismo que todavía quedan. Porque algún día mi retoño me preguntará qué es esa cruz tan enorme que se ve desde la autovía de La Coruña. Y le responderé lo que es y lo que representa. Y lo que hicieron los que ahí están enterrados durante tantos años. Y le invitaré a luchar por la libertad, como un monje budista.

Veneno



Si a veces me enveneno la boca y el lápiz y os inyecto un poco vía virtual, es porque lo necesito. Así me explico, me desahogo, suelto mi energía para cargar más en la calle. Me voy al extremo para provocar el vuestro; esto no es la guerra, pero sí es una lucha. Soy embajador de la provocación, y mi veneno pretende no más que calentar la sangre. Esto no es una excusa, es mi forma de hacer que os impliquéis para implicarme yo.

Si a veces me enveneno, es para que penséis que no hay nada imposible. Que aunque no soy buen aviador, me gusta ver cómo voláis. Que no sé cual es mi próxima estación, pero que no me importa; por eso prefiero cada día recomenzar con el sol. Que mis ideas no son fijas, porque vosotros me hacéis aprender que estoy en constante evolución. Mi veneno hace las quimeras alcanzables como la fruta del árbol. Mis letras salen de una pluma que empecé a mojar en un tintero chino; desde entonces soy otro; más batallador, con menos calma, pero más convencido de que hay que tomar parte aunque me equivoque, aunque mi rincón desafine. Igual mi enciclopedia es invisible porque no existe el libro que tanto he masticado, pero no la necesito; aprendo de vosotros, cojo lo que me gusta y dejo que no me gusta. Y cómo me gusta oír tus tacones acercarse y soltar una mueca torcida y sonriente mientras recuerdo la sensualidad de tus palabras, sin política… esto es sólo deseo. Y me quitáis el sueño cada vez que oigo vuestra voz sonámbula susurrar en medio de la noche cosas que no quiero oír. Y soy el diario de una princesa que mete la república de contrabando en palacio. Y enveneno más a los que no comentáis que a los que sí porque mi burbuja es transparente. Por eso me voy y vuelvo, y hablo y me repito, y canto y desafino, porque la distancia no es el olvido. El olvido es… no sé qué es el olvido. Sé que soy raro; aunque no sé si llego a esperpento antinatural; cosa que no me molestaría ser. Una de las primeras voces que oí me dijo: “No uses otro perfume que no sea el encanto de tus pensamientos.” Desde entonces no he vuelto a oler sus letras.

Si a veces me enveneno es para envenenar vuestra casa de lo que vosotros me dais: opinión, amor, tranquilidad, deseo, agitación, reflexión y yo que sé. Por eso tengo un antifaz. Es mi antídoto contra el veneno.

El dia de la patria

El día de la patria de hace 30 años era un día en el que se ensalzaba la bandera, la corona, el ejército y la unidad. Sobre todo la unidad nacional. Hoy es el día de la patria de 30 años de corona de oro casada con el pueblo de barro y totalmente asentada en palacio; aunque la corona parezca ser de cristal de Murano ese que se rompe si la llama de un mechero se acerca a una fotocopia de Borbón y Borbón. Menuda estabilidad de comedia. Pasar 3 décadas acumulando piropos y elogios y engordando la bondad de la monarquía para el pueblo, y en un solo mes pone los pelos de punta a los tribunales empeñados en conservar (la palabra conservar a veces huele a rancio) la monarquía inmaculada.


Pues eso. Que si ahora dices lo que piensas en contra del rey eres un alma independentista y republicana del infierno en el que teníamos que estar todos los rojos de esta calaña; esto según Rajoy, icono de los iconos de la patria, que oficialmente inyectará veneno con su lengua de serpiente (en varias direcciones) al que saque la bandera tricolor el 12 de Octubre, y sin embargo, sufrirá la profundidad oscura de la ceguera política ante las banderas del pollo que saldrán el 20 de Noviembre.
Ya he dicho alguna vez que mi patria y mi bandera son otra cosa más sentimental y de menos tela; y éstas del día de la patria no las quiero para mí. Y no las quiero entre otras cosas porque se empeñan en meterlas con calzador a todo el mundo, a la fuerza, de la misma forma que se radicalizarán los republicanos cuanto más quieran reprimirlos, cuanto más se beatifique la unidad nacional. Y digo yo: ¿por qué hay que estar unidos? ¿Tan buena es la unión que mantiene a vascos y catalanes enfrentados a los demás? ¿O es que la unión es por cojones? ¿No verdad? Entonces, ¿Por qué está tan mal hablar de cambios? El que tenga miedo que levante la mano. El que quiera república que levante el puño.

Adios Carlos Cano.

Este artículo fue publicado en "El Correcaminos" en Diciembre de 2000. Necesitaba algo así... una reivindicación más a favor de la libertad. De La Libertad, coño. A ver si nos enteramos. Un abrazo pa' rriba.




Decía esta mañana (19 de diciembre de 2000) mi compañera Mari Carmen: “Me acuerdo yo cuando Carlos Cano vino a Martos, con aquellos rizos, tan jovencillo... e íbamos todos como el que va al cine, con nuestra bolsa de pipas. Y nos dijo él que o dejábamos las pipas o no escuchaba el tono de la guitarra... Qué lástima”. En su penúltimo disco dice él que la copla viaja por el corazón a la velocidad de la luz y tiene la vigencia de la vida. Verdad es casi todo, excepto que la vigencia abarca más allá de la vida a través del recuerdo. Yo, como él, también tenía una abuela Pepa, y aún la recuerdo (casi a diario) meciendo a mis primos en sus robustos brazos mientras tarareaba las coplas que, seguramente, aprendió de su madre, o de su abuela. Sería esa velocidad la que no aguantó el corazón del cantante; o serían esos ojos verdes los que le atacaron en los puntos vitales como él los llamaba. Ya llora que llora la zarzamora por los rincones. Ya llora el desespero de tu muerte. El año pasado Alberti; este año tú. Se nos están terminando los de tu especie; esos que son rojos y algo más. Nadie perfumaba la alegría o la pena de la pasión como tú. Nadie pinchaba en medio de la conciencia como tú. Si mataron a una dominicana en Madrid, todos lo lamentamos durante uno o dos minutos; pero tú hiciste una canción para que se recordara esa injusticia para siempre. Eres la voz del pueblo en una sola voz.

Te destapas con la verde blanca y verde, dándole a tu patria andaluza la alegría y la esperanza de vivir en paz y en libertad guardada durante tantos años, y te pones a hablar con la boca de todos nosotros, porque dices lo que el andaluz no ha podido decir durante el último medio siglo. Te retratas con la Alhambra a tu espalda, y con el campo sureño, y haces bailar a tu guitarra en medio del pueblo de Cádiz.

El carnaval del 98 fue para Fernando Quiñones, el hombre enamorado de los pescadores. El 99 tuvo que ser para el poeta marinero que desde el Puerto recitó a la paz una vida entera. Y este año, con los ensayos ya avanzados, los autores de las mal llamadas letrillas (porque el diminutivo no hace justicia a tal trabajo) romperán sus plumas construyendo coplas para un coplero. La canción popular, que ha sido tu razón de vivir, será este Febrero que asoma por ahí la alegría de tu recuerdo. Tú decías que un cantautor es un periodista con guitarra; una murga también es un periódico, y este año será tu periódico.

La pasión desatada por el amor o por el desamor es algo que casi siempre es imposible de explicar; pero la copla lo hace de tal manera que te sientes desdichado si no has sido tú el protagonista de esa pasión. El mérito de Carlos Cano no es sólo el habernos explicado el sentir de esta pasión; también está en haberla hecho llegar a una parte de la juventud, y también en enseñarnos que la copla no es un himno nacionalista o franquista, como muchos quisieron hacernos creer, no sé si por ignorancia o por mala fe. Nos cantó la copla republicana, la de nuestras abuelas, la copla que nació libre de ideología, por encima de cualquier bandera. Además nos enseñó, con toda la lógica del mundo, que la esencia de la copla no se localiza en el corazón, sino un par de cuartas más abajo; allí decía él que tenía el corazón la mismísima Lola Flores.

Y ahora, cuando hacía con Mª Dolores Pradera pareja de hecho en su nuevo trabajo, la aorta le arrancó el micrófono, y paralizó Granada entera. Rápidamente se borrará de muchas caras la tristeza de tu muerte, porque no da tiempo a pensar en lo que puede pasar a partir de ahora cuando nadie haga el trabajo que tú estabas haciendo. Ahora nos distraemos con las compras, las luces, falseamos una sonrisa a los demás por la calle y compramos en el Pryca (o como se llame ahora) una cinta de villancicos. Se nos va el siglo XX, el de la revolución tecnológica, el de la revolución del individuo solitario, el de la revolución atómica, el de la revolución de la comodidad egoísta, el de la revolución de la prisa, y tú te vas con él. Sería maligno por nuestra parte encargarte que te llevases todo eso, pero al menos si queremos que nos dejes la revolución constante que supone el escuchar tu cante. Te vas y se nos queda la memoria, como tú dices, sentimental, alegre, republicana, profunda, verdadera como tu mirar, salada como Cádiz, en blanco y negro como Antonio Vargas Heredia o María de la O, mestiza como el pueblo, púrpura como un clavel, como tu corazón abierto por última vez, poeta como Federico... granaina como tú. Cuando Lorca escribió esto seguro que no estaba pensando en ti; pero pensaría en alguien como tú.

“Quiero dormir un rato
un rato
un minuto,
un siglo,
pero que todos sepan que no estoy muerto”.

Tengo miedo



Sí, tengo miedo. En el camino éste de la vida, que cada día nos levanta y nos acuesta, llegan ciertos momentos en los que debes tomar una decisión. Llevo un tiempo dándole vueltas a la escena, pero ya se me está acabando, y el despertador toca la campana. Mi cuerpo, la parte de mí que reivindica lo natural en contra de los artificios que fabrica la mente, me lo pide; me llama la atención, hace sonar las sirenas de la necesidad. Así que, escuchándome a mí mismo, voy a encerrar a la temblorosa, perenne y remilgada conciencia en el cuarto oscuro (debería tirar la llave al fondo del mar), y voy a hacerlo.
Pero el miedo no se va. He preguntado a otros que hicieron esto antes que yo, y tengo muchas versiones diferentes de los hechos. Desde el “no pasa nada” hasta el “no quiero ni pensar en ello”. Es posible que hasta que no me ocurra no me de cuenta de lo bueno o lo malo que puede ser para mí; pero de momento veo como mi sillón se eleva horizontalmente por encima de las nubes, y la luz del sol me ciega, impidiéndome ver la realidad que busco, aunque permitiendo que el dolor cuente chistes que a mí no me hacen gracia.

Creo que cerraré los ojos, como cuando el miedo me sacudía de niño. Agradeceré que la música me acompañe; siempre me mostró que la distancia entre el sueño y la realidad no es tan grande, y aunque a veces me engañe, me hace sentir más valiente.
Esta es una decisión personal. No hay nadie que pueda hacer esto por mí. Debo hacerlo solo, aunque agradezco la compañía y los ánimos. Os lo cuento porque si a alguno de vosotros os ocurre bien podría servir mi ejemplo para saber lo que tenéis que hacer o evitar. La cuestión es que tengo miedo; mucho miedo. No me importa reconocerlo. Pero lo superaré. Lo sé. Aunque tenga que emborracharme… Voy al dentista.

Ciudadanía

Hoy soy otra persona. Soy joven, ya me gustaría. Soy homosexual, os escandalizaría a los estrechos de mentalidad y a los buscadores de escándalos. Soy estudiante, eterna aspiración guardada entre los premios a mis frustraciones. Y tengo mi pareja, mi amor. Bajo estas circunstancias me pueden pasar dos cosas:

Primera: Llego a clase el lunes por la mañana. El cura que imparte la nueva asignatura de ciudadanía nos pide que abramos el nuevo libro de la recalcitrante editorial Casals por la página donde dice que “las parejas homosexuales son uniones de hecho respetables, pero no se les puede calificar como matrimonio”. ¿Qué hago? ¿Qué pienso?

Segunda: Llego a clase el lunes por la mañana. El joven profesor que imparte la nueva asignatura de ciudadanía nos pide que abramos el libro de la editorial Santillana, afín a los deseos, más bien caprichos, del gobierno supuestamente de izquierdas (o debería decir al supuesto gobierno de izquierdas; es broma); bueno que abrimos el libro y leemos que hoy día hay muchos tipos de familias y de matrimonios, entre las que se encuentran las de homosexuales. ¿Qué hago? ¿Qué pienso?

Ni lo primero ni lo segundo. Si en clase hay un facha de 18 años que lleva la foto de Franco en la cartera, ningún libro va a cambiarle su opinión de enfermo sobre mí. Señores de Casals, a predicar a la iglesia. Zapatero, a hacer política a la calle y al parlamento. En la escuela no. Que tanto reprime una cosa como la otra. Si no te va bien en las encuestas, haz política social durante cuatro años, no ahora que te ves a Rajoy agarrado a tu tobillo mientras te escala los perniles. Ya estáis atontando demasiado a los jóvenes como para que ahora nos pongáis también el uniforme pro o anti homosexual. La ciudadanía me la enseñó mi padre, y la sigo aprendiendo cada día gracias a lo que encuentro en la calle, a lo que vivo, a lo que sufro, a lo que amo, a lo que me provoca solidaridad o simple simpatía. Así que no te voy a votar por el simple hecho de que hayas hecho una ley que me publicite mejor de lo que lo hacen los colegios de hábito. Es retrógrado meter la política en las caras más imberbes a través de la pizarra. Tan falsa es la homilía clerical, que olvida que Jesús se rodeaba de los que nadie daba crédito social, como la ley libertaria que nos dice lo que tenemos que pensar, como en los tiempos donde había que cantar el “cara al sol”.

... y perdimos

Artículo publicado en la revista Día a día la semana pasada; justo después del partido de baloncesto... no me dio tiempo a subirlo antes. Especialmente para mi amiga Letizia: http://diarioprincesaletizia.blogspot.com/


No es correcto el título de este artículo. Yo no he perdido nada, ni hubiera ganado en el supuesto caso de que hubiera algo que ganar. Son las once y veinticinco de la noche del domingo. Gasol, el más alto, el más español en los “Iunaited Esteits” después de Antonio Banderas, ha fallado un tiro y Rusia ha ganado el partido por un punto. La crónica deportiva no viene a continuación.
Pero estuvo bien. Yo no lo vi, por supuesto, pero estuvo bien. Antes de empezar el partido, un espectáculo de famosos interminable, hasta mi amiga bloguera la Leti de España se asomó. Don Zapatero, Don Rajoy, Don Aznar, Don Gallardón, y Felipe el príncipe (el de las galletas de chocolate no, el del Palacio carísimo). Todo el mundo en pie. Suena el himno nacional. Y como la letra es tan sencilla, el publico – más de 15 mil o yo que se – la cantaron a coro. Yo ya me la he aprendido. Mirad: La la la la, la la la la la la la, la la la la la, la la la la la la… y así hasta el final. Emocionante.
Los chavales estirados – por altura – empezaron ganando a los rusos de bastante diferencia. Todo el mundo reía, cantaba, vitoreaba… hasta la Leti se movía en el asiento. Felipe no; sólo movía la mano para coger el cubata que estaba escondido en eso que ponen delante de los asientos de plástico para poder llamarlos palco.
Rusia se acerca peligrosamente en el marcador. Yo ni me entero, porque los nenes están hoy especialmente nerviosos. Mañana empieza el colegio para todos. Se acuestan los nenes. Me asomo a la tele, y el ruido de antes ya no se oye. La cara de la Leti es como si le hubieran enviado un SMS diciendo que Elena va a hablar con Zetapé para reclamar su derecho a la corona. Miro el marcador y empate. Me voy al ordenador a escribir de carnavales, a mirar el blog, en fin… que no aguanto tanta emoción comprimida en tan poco tiempo.


Faltan dos segundos y Rusia gana de un punto. Tiempo muerto. Pepo traza una estrategia; lo de siempre, no tenemos otra cosa: tú sacas, se la das a Pau, y que sea lo que Dios quiera. Leti se santigua. Felipe mira al cielo, vamos, al techo del pabellón que lo tiene a tres metros. Pau falla. Lo que te digo, esto de meter a Dios en asuntos de patrias no funciona. Bueno, al menos he aprendido una canción.

Tormenta

El viento sopla más fuerte al paso de las hojas del libro que aun no he escrito. Ellas lo incitan y hacen que se enfade y se enfríe. Viento de tormenta. Las nubes de humo se van oscureciendo sobre mi cabeza. Hemos provocado una tormenta.
Me levanto antes que el sol que hoy no saldrá. Mis dedos apuntan verticalmente hacia el suelo, y llueve detrás de mis dedos mientras acaricio el paisaje suave e infinito que provoca rayos eléctricos en el horizonte. La Naturaleza, que volaba alto, vino a mi casa, o yo fui a la suya; no lo recuerdo. Sólo recuerdo lo lejano lejanísimo que me vino a visitar la otra mañana oscura. En una décima de segundo estalla el rayo que me ciega y el agua salvaje se derrama y me empapa por completo, y arrasa con todo, y me deja otra vez las hojas vacías. Detrás de la tormenta viene la calma. Se oye tan lejos el trueno que parece de otra vida; pero es el mío. Lo he provocado yo.

12 cuentos con premio

Acerca del libro de Jesús Tíscar y de su presentación.

Anda que no hace tiempo que no voy a misa. Desde que un día que en la boda de mi prima me tocó leer un papel que al final no leí porque el que oficiaba se le metió en los cojones que allí había que leer lo que el libro decía. Anda que no hace tiempo que no me la cascaba a gusto.

Pues el otro día fui a misa. Bueno hace ya tiempo (a principios de verano), pero no lo he querido contar antes de leer el evangelio que me dieron a la salida, con dedicatoria y abrazo del reverendo Tíscar incluido. La misa estuvo muy bonica. Este cura es que me despierta lo más castizo que tengo, casi siempre durmiendo a la sombra de un olivo. Empezó hablando una especie de obispo cultural saliente del cargo, Marcelino Sánchez, que cambiaba la sotana de Diputación por la de monaguillo mayor de Úbeda. Lo que pasa es que los obispos son lo más parecido a los políticos que hay. Dijo lo que tenía que decir, sin sacar los pies del plato y sin pedir perdón al Señor por las faltas cometidas, que es lo primero que se hace cuando se dice una misa.
Luego habló el padre José Román, que estuvo explicando las cualidades del evangelista Lagártico al que hoy dedicábamos esta oración. Ya decía yo que estas escrituras eran 12 cuentos como 12 apóstoles. Y el padre José Román rezó por el “sacramento de la lectura, fruto de tu vientre, Jesús.” Entre sus oraciones, pá decir que Jesús Tíscar tiene corazón – detrás de las gafas, o debajo de la calva, o encima del boli, o yo que sé – dijo que a él: “el Tíscar no se la empina”. Y ahí empecé yo a cruzarme de piernas y a hacer cosas imposibles con el cuerpo en la butaca. No es sólo que me salga lo jaenero con este chaval, que me lleva unos meses (años luz en literatura); es que además lo disfruto.

Jesús habló un rato – leyó más que otra cosa – de una tal Ernesta que me dejó pensando de bragueta para abajo; y del calor de Poblalánguida. Y me vi a mí mismo quitándole cigarros a mi padre… Leed el libro; que yo desde la última vez que fui a misa no me lo pasaba tan bien. Una de las epístolas titulada “Las pajas” me metió la pena en mi alma tonta y adulta porque el tiempo pasa demasiado deprisa. Llevaos el rollo de papel de cocina, que es muy bueno para limpiar los cristales del coche, y para otras cosas.

Revolución


Me revoluciono. Me cubro con sábanas de enfado y giro en torno a mí mismo. Me meto debajo de los atardeceres dulces y amarillos y se me pone la cara del que sale perdiendo con el sol; la cara de las niñas que quedan con las piernas colgando en el malecón de La Habana, bebiendo jugo de nostalgia y de bolero, y llorando cubitos de hielo fino para refrescar la espera del marinero que se fue con una promesa en los labios y sazonar la ignorancia de que en Cádiz hay otro rompeolas con otra niña de pelo negro brillante que suspira poemas por el mismo trotamundos de brújula rota. Me revoluciono, y para eso he tenido que entender que hay que ponerse en el lado de los que pierden, de los que necesitan algo que no depende de ellos, de los que fueron robados; desde el otro lado no hay posibilidad de revolución, porque no hay compañero que pueda firmar pactos con prepago a la luz de una sonrisa, porque las estrellas no dan euros ni dólares ni cuentas en Suiza que engordan para que otros adelgacen, porque la alfombra del campo en la noche maldice por mi boca a los malditos y amanece con trabajos para los que llevan en la frente sudor y penas y amor y ganas de revolución.


Leed esto más rápido porque no puedo yo acelerar más mi pulso. El coraje pone baldosas en la calle de la injusticia. Y te revolucionas, y te cagas en la madre que los parió. Fuma Che; enciende otro habano que tú ya eres la nube de humo de tabaco en la que me voy a convertir cuando se cumpla la profecía de una poetisa con siete años que me regala el cielo y el infierno cada día. Fuma Che; que en las cinco puntas de tu estrella veo la revolución de las palabras, y si tengo que escupir demonios lo haré, y si tengo que morir matando – como dice la canción que tiene dos orillas – aquí tengo mi fusil cargado con el viento revolucionario. Sonríe argentino, sonríe cubano. Fuma y sonríe. Hazme creer que la sangre se me sale de las venas, aunque sea mentira. Que cuando cierre los ojos sea cuando vea las cosas más claras. Son cubano y revolución: ‘pa’ mi los quiero. Vámonos.

Volver



Recuerdo esta misma sensación en años o circunstancias pasadas. Se llama volver. Volver con la expectación de alguna novedad sacada de la chistera de la ausencia prolongada. Se llama volver al otoño en la agonía de verano que aportan las maletas llenas de ropa sucia. He vuelto. Abro la puerta después de un tiempo que cuento en semanas disfrazadas de años. La calima reseca se apoderó del ambiente y se hace notar desde la primera vez que respiro en el recibidor. Aire encerrado para mi espíritu libre que lleva respirando bofetadas de viento una temporada. Abro la ventana. Todo está igual. El grifo sigue goteando. Los yogures del frigorífico están caducados. Cientos de libros me miran con reproche al pasar por la estantería.
Todo está en el mismo sitio; hasta la macroeconomía mundial sigue echando su peso inaguantable sobre la espalda del currante. Hasta siguen muriendo en manadas con el insecticida terrorista de Irak. Hasta las catástrofes naturales vuelven a taconear sobre el tablao de papel de Centroamérica. De verdad que pretendía, iluso de mí, sorprenderme con algo positivo después de mi desconexión. Pero no. Siguen los albañiles yendo a trabajar con la incertidumbre de acabar la jornada o de aumentar la estadística de muertos en accidente de trabajo. Y siguen engordando otros números funerarios, trágicos y con nombre de mujer. Me pregunto cuánto tiempo lleva el gobierno de vacaciones. A ellos los años les parecerán semanas. He vuelto. Todo sigue igual. Voy a llamar al fontanero, al menos arreglaremos el grifo del lavabo, mientras el grifo de la vida sigue goteando.

Tercer regalo. El quinto elemento.



Cuando un paisaje te parece perfecto incluso en la dinámica del tiempo que lo cambia de color, de olor – hasta el tacto cambia – buscas los cuatro elementos por la curiosidad de saber si la vista te engaña o te engañan tus ganas de perfección. Y como los elementos ya los tenía al alcance de la cámara de fotos porque el fuego me quemaba y el agua, el aire y la tierra me inundaban de exageración, me quedé allí un rato escuchando.

Hay olas que son susurros, que dejan un eco de sirenas en tu oído por muy lejos que te vayas. La vista engaña, no le hagas caso al tamaño de la cresta porque parece que va a rugir. Acaban susurrando. Mueren así; despacio y sin armar demasiado revuelo, solo un grito con eco, porque saben que en seguida viene otra ola a morir encima con una canción en su boca blanca parecida a la que ellas entonan. Ya estoy en casa. Lejos del mar. Y, porque me da la gana, todavía escucho las extensiones de los secretos que cuentan justo antes del suicidio. Los sé, los guardo. Y los usaré cuando me hagan falta. Venían desde el horizonte cantando y sólo los escuché en la última vuelta de agua salada. Se estampan en las rocas y se acaba la música. Este es el paisaje que tenía los cuatro elementos y la música. Paisaje perfecto. Secretos que no cuento.

Segundo regalo. La danza.



El baile es una de mis negaciones, pero ver como alguien lo ejecuta con la elegancia de un pájaro te hace soñar. A esta hora en que el sol se carga con la mochila del calor y se va. A esta hora en la que se desperezan los murciélagos de cuero negro. A esta hora en que las sábanas del acantilado se abren en gris oscuro para las gaviotas. A esta hora en que amarran los barcos de paseo y se despide el pesquero por la otra parte del muelle. A la hora en que el viento del Este sacude en la cara la sal mediterránea. Justamente a esta hora, y con la música del oleaje lunar vestida de blanco, salen ellas.


Es la danza del sueño porque buscan una roca en la que cobijarse esta noche. Es una danza ruidosa porque van cantándose una a la otra quien sabe que clase de canciones. Y desordenada porque en sus idas y venidas disfrutan de un desorden que para mí quisiera. No hay más blanco que sus alas sacadas de la espuma de la última ola. No hay más silencio que su cantar del sueño. No hay más movimiento que el ejército de gaviotas planeando a favor del viento, bajando poco a poco hasta las piedras, estirando el rubio atardecer que se oscurece el pelo e ilumina los ojos. Se termina de apagar la luz y ellas ya no están. No hay más luna que la luna de hoy, la que al menguar me guiña un ojo. No se oye nada más que la interminable cadencia de las olas. Pero eso es otro regalo. Ahora las gaviotas duermen.

Primer regalo. Amanecer la luna.




Ver amanecer por la tarde; amanecer la luna como si fuera un sol, con su color prestado, con su brillo reflejado, elevando su círculo azul de fuego sobre el horizonte azul sin palabras, brindando un camino de luz abierto sobre las olas sólo y exclusivamente para mí. Eso me pareció; una invitación. ¿Quién eres tú que llamas así a sabiendas de que no puedo alcanzarte? Juegas conmigo. ¿Eres la luna o la musa del antifaz con antifaz? No digas nada más. Ya te conozco.


Música. Musa y música. Suena la guitarra de Paco de Lucía nadando entre percusión andaluza. Entre dos aguas; así se llama. Así estás musa de la música. Entre el mar y el cielo estás bailando y reflejándote, que ya no sé yo cual es tu cara y cual tu reflejo. Mira que te dije que inventaría un nuevo tono de azul, y has sido tú la que me lo has pintado. Amanece la luna esta tarde inventando destellos de azul musical.

Vuelvo en cinco minutos

Todavía no he salido y ya te echo de menos. Voy una semana a beberme el mar de Alicante; pero ¿qué son unos días para ti? Vuelvo en cinco minutos. Lo tengo todo, la maleta es un libro; la ruta, una canción; el destino, un amanecer en el mar; la estancia, un antifaz.

Voy a volver con más fuerza, más cañero, más antifaz, más republicano, más como a ti te gusta. Me voy a impregnarme de la poca tranquilidad que me permitan esas dos personas que me llaman papá. Traeré fotos que pasaré a palabras seguramente. Traeré gente que olvidaré seguramente. Traeré un nuevo tono de azul y tú me dirás que te gusta. Traeré tantas cosas nuevas que te sonarán a lo mismo de siempre.

Cuando vuelva a abrir la ventana que ahora cierro, derramaré el vino rojo que antes no bebí para no hacer tantas profecías como las que ahora estoy haciendo. Como me dijo una vez un camarero: cambiamos todo, para no cambiar nada. Cambio incontables filas de olivos desordenados, por el oasis soñado de una palmera al son de una canción de verano. Llevo gafas de sol para que no me deslumbre la luna mediterránea; ya lo hizo una vez.

A la vuelta te hago un post, y te cuento mientras nos fumamos un paquete de tabaco. Vuelvo en cinco minutos.

¡Qué lugares!

Recordando el café Kleber, el bar la Cueva, el Senyor Pablo, otros que ahora no recuerdo, y otros que nunca olvidaré.


No es la primera vez que nos sentamos allí; ni la última. Pero cada día que aterrizamos sin más equipaje que hambre y sed – lo demás lo pone el ambiente – es diferente. Si el pueblo está en fiestas, se nota. El camarero bueno, trabaja mejor; el malo, trabaja peor. Aquellas delicias cotidianas son ya familia del paladar. Mientras el sol se despide, aparecen, como un inmerecido premio al buen comportamiento (ya he dicho alguna vez que no soy bueno), las jarras de cerveza, que riegan la lengua y la sueltan. El atardecer de hoy ya es historia. La claridad está ahora en la conversación que se eleva por encima de otras parecidas, de miradas, de carcajadas. Oye ponme otra. ¿Qué te estaba yo diciendo?


La mesa es un altar. La comida, una ofrenda. Y los dioses nosotros, que mientras hablamos hacemos tributo eterno a nuestros sentidos; a todos ellos, incluido el sentido que te pide prolongar el momento porque sabes que otro día que lo repitas no va a ser igual. Pero cuando el tiempo está parado, la realidad es así de corta. Maldito tiempo. En los bares ocurre que la voluntad se doblega a la compañía; que la conciencia se ausenta porque para un refresco que se iba a tomar, mejor no sale hoy; en los bares ocurren esas cosas que no pueden ocurrir en ningún otro sitio. El aire tiene otra textura, otra densidad. La luz de las copas es la única luz que airea los embotellamientos de la cabeza. Oye ponme otra. ¿Te cuento un chiste que me contaron el otro día?



Hay bares sucios, bares coquetos, bares de lujo, bares castizos, bares como catedrales y bares como ermitas. En los bares se tejen caricias a sorbos. En los bares se mastican los recuerdos del pasado; los buenos, los que se asoman a la memoria sin necesidad de buscarlos. En los bares se saborea el futuro; se planea, se piensa, incluso se echa de menos, aunque luego el futuro, el hijoputa, sucede fuera de los bares. Si tienes problemas ve al bar a resolverlos, al menos a olvidarlos; si no tienes, ve al bar a celebrarlo. ¿Te vienes? Yo cuando no estoy aquí, estoy allí. Oye ponme otra. ¿Nos vamos ya? Tenemos que quedar otro día ¿verdad? No es la primera vez que nos sentamos allí. Ni la última.

Terapia




"Buenos días"
“Buenos días"
"¿Cómo esta usted?"
"Mal, por eso la llamé"
"Sí, sí claro, quiero decir: que ¿qué le pasa hoy?"
"¡Ay querida, me pasa de todo!..."
"Sí hombre, le pasa de todo, pero me tendrá que contar solo la parte por la que yo vine aquí, ¿no?"
"Claro querida, pero pasa, ¡siéntate!"
"Gracias... muy amable"
"Le apetece un café?"
"No gracias, ya tomé"
"Ok. Entonces con su permiso yo tomaré uno"
"como quiera, pero por favor, dese prisa porque tengo que atender otra visita en una hora"
"Sí sí. En seguida empezamos"



Don Cándido es un señor de muy reconocido prestigio en la ciudad; desde que tuvo aquel accidente con el caballo no le han vuelto a ver por la calle, y la gente especula sobre su estado de salud, llegando a decir disparates de todo tipo – lo normal en estos casos – sobre su muerte inminente y no anunciada para evitar el conflicto de herencia que originaría en la familia. De todas las versiones escuchadas, solo una, la no contada, es la verdadera, y se encuentra en poder de su terapeuta; la única persona de la ciudad, además del servicio, que tiene acceso a sus habitaciones.



“Vamos a hacer hoy unos ejercicios para mejorar la hipotonía de esa pierna Don Cándido; lleva usted mucho tiempo sin moverla.”
“Ay niña, y para la hipotonía del corazón, ¿no tienes tabla de ejercicios?”
“No Don Cándido. Para eso no hay terapia más que la que cada uno se auto establezca; pero mueva esa pierna hombre, que le veo yo hoy muy distraído. ¿Qué le pasa Don Cándido? Mire que no le estoy preguntando por la pierna ahora”.

Don Cándido tenía en aquella muchacha un hombro en el que llorar. Y así lo hizo mientras le contó que el accidente con el caballo lo provocó él mismo porque le aligeró demasiado para no llegar tarde a la cita que tenía en secreto con la mujer que amaba – que era de una familia enfrentada desde siempre a la suya por motivos de dominio político y poder – y a la que, finalmente no llegó. La terapeuta sacando un libro de su bolso dijo:


“Verá usted Don Cándido. ¿Sabe quién es Rubén Darío? Mientras hace sus ejercicios le voy leyendo algo que espero que le guste. Porque usted tiene cara de que le guste la poesía ¿verdad?”
“Hubo un tiempo en que me gustaba, me llenaba; pero desde aquel día en que caí. No he tenido valor de volver a mirar un libro.”

La terapeuta leyó:



… Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.
¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.
En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!
Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!


“¿Le ha gustado Don Cándido?”
“Sí. Mucho. Léeme otra niña. Pero sobre algo que no se apague con el tiempo.”


Y la muchacha buscando rápidamente entre las páginas del libro recitó:

Amar, amar, amar, amar siempre,
con todo el ser y con la tierra y con el cielo,
con lo claro del sol y lo oscuro del lodo:
amar por toda ciencia y amar por todo anhelo.

Y cuando la montaña de la vida
nos sea dura y larga y alta y llena de abismos,
amar la inmensidad que es de amor encendida
¡y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!


“Uy, Don Cándido, se me ha hecho muy tarde. Acaba usted con sus ejercicios y mañana vengo a la misma hora.”
“Está bien. Como tú digas niña… Oye. No olvides el libro mañana.”

El baile de las estrellas




Nada más parar el coche te das cuenta de que allí no se oye nada. No hay nadie. El calor nocturno atrae grillos, pero hoy no. Al apagar la luz la vista se eleva olvidándose de la verticalidad de las piernas. La perspectiva cambia mientras se encienden las luces del cielo. Te tumbas en una manta y ya no hay nada más; la oscuridad de la noche y la tuya propia frente a frente. A ver qué pasa.


De repente sale la primera. No es fugaz, sino demasiado fugaz. Te pilló con la bolsa de los deseos olvidada en el coche junto al paquete de cigarrillos. Si dejas pasar el rato necesario para que tu atención se desvíe hacia donde la mente quiera – bien al país de los sueños, bien a la puta realidad – sale la segunda que te vuelve a dejar como cuando se va el tren que nunca quieres que salga. A partir de ese momento, todo es más fácil. Cada minuto se asoma una estrella por una parte del cielo y va patinando hacia abajo hasta que se pierde en alguna puerta negra. El baile está servido. Otra más te da la cadencia rápida que va tomando la canción. Dos seguidas como persiguiéndose acaban en un abrazo mientras bailan. Comprendo que se persiguen porque fue Perseo el guardián de estrellas durante todo el año. Comprendo que Orión deje hoy sus herramientas de caza para verlas pasar sin intentar cogerlas. El baile es armónico. No se cruzan, no se pisan, y pasan en todas direcciones. El verano es así de mágico. La estrella del norte, invitada de honor al baile, aplaude el espectáculo. Marte se asoma al balcón de su proximidad y olvida la guerra por un día. Maravilloso es el baile en el que los dioses son el público.


La luna, el foco que esta noche ilumina mis ojos, suena a gaita celestial. Y otra, y otra, y otra más. Ahora si las veo desde que nacen hasta que se mueren. No se oye nada. No hay nadie. No hay grillos; pero se oye la música acelerada y emocionante, con la que tu corazón camina, que sirve de fondo al baile de las estrellas. Entonces sale una intensa luz desde casi la vertical y va bajando lentamente, dejando ver la marca que queda tras ella, hasta muy cerca del horizonte; justo donde se acaba la música. Pide un deseo.

Ángeles y demonios



A veces no se sabe distinguir entre un ángel y un demonio. Hay sonrisas angelicales que te llevan volando a un instante irrepetible, que empapan el alma de alegría y ya no la quieres estrujar. Hay diablos que parecen malos y no saben distinguir entre la maldad y la bondad; se mueven entre la ignorancia y el instinto de supervivencia. Hay presencias celestiales y ausencias infernales, y al revés. Hay niños con sabiduría de ancianos – más sabe el diablo por viejo – y abuelos con sonrisa infantil gracias, quizá, a sus palabras verdaderas.

Si te das una vuelta por el mundo encuentras de todo: políticos vestidos de ángeles con corbata que son demonios de la mentira vendiendo palabras de humo y huyendo de cualquier posibilidad de rectificar. Y curas que predican un cielo desde la puerta del infierno; los que prometen un paraíso en otra vida para asegurar en suyo en ésta; la única que hay, joder. Y esos ángeles negros a los que le ponen caras de demonios por una sentencia dictada en un juicio sin defensa; eso sí, los jueces se abren la puerta del cielo poniéndose de parte de San Pedro, ese que tanto aireaba la espada y a la hora de la verdad negó a su maestro.

Así que, ante la dificultad de valorar si ser un ángel es lo bueno, o no lo es tanto; o si ser un demonio es una condena vitalicia o una manera de saber vivir los pocos días que nos ha tocado estar aquí, voy a tomar parte. No me gusta ser neutral; de hecho creo que nadie lo es en realidad. En mi vida tengo un poco de todo: angelitos blanco y azules, suaves, sensibles, sinceros, que susurran, y diablillos ardientes con ese punto de coraje y valentía que me hacen quitarme el antifaz.

No sé. Del blanco alado al rojo con rabito y cuernos no hay tanta diferencia. Será según lo miremos. Personalmente siempre preferí el fuego del infierno; es más musical. ¿y tú?

El Pirata



Hoy me tapo un ojo con el antifaz. Como si fuera el parche sucio y vivido de un pirata solitario. El pirata es un justiciero fuera de la ley. Da vacaciones a quien las necesita. El pirata es malo, como el mismo diablo; los buenos suelen ser más torpes. El pirata convierte las interrogaciones en respuestas con signos de admiración. El pirata habla con mano de hierro. El pirata vive ilegalmente escondido en su isla desierta que hay en medio de la gente. El pirata es un luchador incansable. Roba las penas y reparte alegrías. No se detiene a hacer balances, críticas u observaciones; toma lo que le gusta y se pierde en el horizonte. No hay listón que supere las hazañas de la piratería. Dos tibias y una calavera son la bandera sobre fondo negro del pirata. La calavera porque no tiene rostro. Las tibias porque está prohibido el paso al interior de un pirata.


El pirata es más fuerte que el barco que vence al maremoto en alta mar. Es más rápido que un huracán: llega, arrasa, y se va antes de que la guardia lo descubra. Y si algún día lo atrapan, empieza a planear su escapada de la cárcel. El pirata es inmortal. Nadie entierra a un pirata. Está tranquilo en su isla donde nadie hace preguntas. Corta el viento con su espada para no quemarse la cara. Lucha constantemente, cada día, cada minuto. Nadie lo entiende, porque nadie le conoce. No huye, sino que se retira a recuperar fuerzas para marcar otro objetivo. El pirata disfruta de los mejores amaneceres jamás vistos. Nunca se pierde porque va guiado por la luna y las estrellas. No usa mapa porque ya sabe el camino hacia su tesoro. En su libro de viajes hay escritos poemas piratas y aventuras impensables de amores que quedaron esperando en el muelle a ver si alguna de estas lunas le trae su barco de regreso. Tiene mil cicatrices, pero ninguna dolorosa; son capítulos de una novela de piratas, de una novela a la que nadie tiene el valor de escribirle el final.

Levad anclas. A toda vela. Y sin rumbo fijo. Hacia donde quiera el viento hoy. Que llevo por compañera mi botella de ron y la historia que estoy escribiendo a base de atracos y borracheras. El pirata es una leyenda. Pero algunos cuentan entre misterios y fantasías, que es verdad que lo han visto cantando a voces la canción del pirata en su barco negro como la noche.

Canción del pirata (José de Espronceda).

Con diez cañones por banda,viento en popa, a toda vela
,no corta el mar, sino vuelaun velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,por su bravura, el Temido,
en todo mar conocidodel uno al otro confín.
La luna en el mar riela,en la lona gime el viento,
y alza en blando movimientoolas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Stambul: …

Que es mi barco mi tesoro,que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,mi única patria, la mar.

Allá muevan feroz guerra ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo tengo aquí por mío cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
Y no hay playa, sea cualquiera, ni bandera de esplendor,
que no sienta mi derecho y dé pecho a mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,mi única patria, la mar…

¡Sentenciado estoy a muerte! Yo me río;
no me abandone la suerte, y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena, quizá en su propio navío.
Y si caigo, ¿qué es la vida? Por perdida ya la di,
cuando el yugo del esclavo, como un bravo, sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,mi única patria, la mar.

Son mi música mejor aquilones, el estrépito y temblor
de los cables sacudidos, del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno al son violento, y del viento al rebramar,
yo me duermo sosegado, arrullado por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,mi única patria, la mar.»

¿Borbones? No gracias

Hoy no hablo. Porque si no dejan que “El jueves” hable, yo tampoco hablo. Me parece… joder no encuentro el adjetivo. Ayudadme. A ver:

Adivina, adivinanza:
Si una revista aprovecha una noticia para hacer un chiste. Si un juez le parece que el chiste es indecoroso porque se trata de la familia real (si se tratara de otra familia cualquiera no, aunque en lo físico somos todos iguales). Si retiran la revista de los quioscos; es decir, nos tapan la boca. Si los demás callamos como putas porque no sabemos qué decir. Adivina adivinanza: ¿estamos en democracia?

La respuesta la encontré aquí: Calma, mi amiga catalana me lo anunció.
http://calma-concalma.blogspot.com/2007_07_21_archive.html#951173918946294213


Pero yo decir no digo nada. No vayamos a tener tonterías y me cierren el blog del antifaz, con lo bonico que lo tengo últimamente.

Si los borbones solamente se les puede sacar en las bodas y en los barcos… vamos a invitarles cortésmente y con educación exquisita a que se queden ahí, en el barco. Porque no me imagino yo al muchacho, ahora ofendido, en la cola de firmar el paro. Yo no digo nada.

Desorden




Muchas veces, más de la cuenta diría yo, me empeño en ordenar mi vida. Piensas que el escritorio es un espejo de ella: lleno de papeles del banco, de folletos de publicidad inservibles, de dibujos de los niños, de notas sobre futuros post o simplemente notas que no sabes hacia donde pueden progresar. La conciencia – esa voz que tiene tu mismo tono pero que a veces no reconoces como tuya – te dice que ordenes un poco la mesa. La foto de tu vida habla a través de la mesa, o de cuánta suciedad más soportan los esterillos del coche. Pues no. A partir de ahora trabajaré en desordenarme. Me cansé de trabajar para la vocecita que no explica nunca nada.

Me desordeno cuando me voy de viaje y justo llego al hotel, y deshago la maleta, y cuelgo la camisa de mañana, y preparo la reunión… y suena el teléfono. Me desordena esa voz del teléfono que no dice nada aunque gaste miles de palabras en contar cosas, o que dice tanto en una sola frase. Me desordeno porque el verano es el anfitrión del desorden; el tiempo se cuenta de otra forma, lo que habíamos previsto para cenar se anula, me encuentro con alguien, y – ya lo he dicho antes – el tiempo se cuenta de otra forma, o simplemente, no se cuenta. Qué disfrute de desorden. Es como si hubiera una ley a cerca del orden, y la pudieras infringir sin que nadie te multara.


Me desordeno porque voy siempre nadando entre papeles, escribiendo ideas susceptibles de marcharse de mi cabeza, y los mezclo, y los confundo, y los pierdo. Y si hay alguien que pone desorden en tu cabeza, tanto mejor. Alguien que no te hace caso, aunque dice que te quiere, alguien que pasa de la risa al llanto en dos segundos, alguien que trata de heredar, sin saberlo, tus propias palabras y tus mediocres enseñanzas. Alguien que desordena tus planes, tu agenda repleta y la cocina de tus versos. Alguien con mirada infantil y con manchas en la ropa, alguien que cambia el concepto de desorden, que le gusta jugar con el fuego sin saber cómo se juega, porque nunca se quemó. Alguien por quien trabajarías un año para sacarle una sonrisa. Alguien que me contagia la anarquía voluntaria de sus actos.

Ya no juego más a ordenarme. Desde hoy detesto el orden. Me dejo llevar por los que me desordenan. Felicidades niños… un año más.

Vacaciones de verano

Este artículo fue publicado en "Día a día" hace un año.



Y llegaron las vacaciones. Triste y sola se queda la facultad y el patio del colegio y la Fuente Nueva a las nueve de la mañana. El calor del “Lorenzo” empuja a recolocar a los niños en centros de ocio estivales o en casa de las abuelas mientras dura la jornada laboral. Atrás quedaron las historias que recordaremos y repetiremos dentro de muchos años; esa tan resabida frase que empieza: “Cuando yo estaba en el colegio…” Quien no recuerda cosas de su etapa colegial; partidos de fútbol que hicieron historia, peleas infantiles que marcan para siempre, regañinas o castigos del maestro, aprobados y suspensos.

Para mí es inevitable recuperar del cajón de la memoria aquellos recuerdos que me encaminaron hacia lo que hoy soy: alguien detrás de un antifaz. Recuerdo como si fuera ayer, y hace ya 27 años a mi maestra Paqui Camacho y su infinita paciencia, y su infinita bondad, y su infinita sonrisa. Inolvidable; aunque le llegue un poco tarde mi particular homenaje, la recuerdo así: escuchando los comentarios de cada uno de nosotros y provocando una sonrisa justo después. Y recuerdo al Padre Martín; el primero que me miró como algo más que un alumno; yo era – y soy – muy inquieto, y él pensó que detrás de esa inquietud se ocultaba algo más que puro nervio. Entre las lecciones de francés daba lecciones de relaciones humanas; detrás de sus antiguas gafas cada mirada suya te decía: tú puedes con esto, y con todo lo que te venga encima. Demasiado pronto se fue el Padre Martín. Qué injusta es la muerte, y que implacable. Y recuerdo a Cándido Villar – entonces era Don Cándido – aquel que no me enseñó a escribir sin faltas de ortografía, sino que, simplemente, me enseñó a escribir; a escribir pensamientos, sentimientos, a jugar con las palabras para decir lo que ahora mismo estoy diciendo. Una parte muy importante de la inquietud que me lleva a rellenar una columna semanal en Día a día, se la debo a él. Él fue el oportuno animador que necesitaba detrás de cada una de mis redacciones – aquellas del concurso de la Coca Cola – entonces eran sin antifaz. Los niños no se tapan la cara para decir lo que piensan.



Gracias Cándido, Martín, Paqui… Las puertas del colegio se cerraron esta semana una vez más. Dejadlas abiertas en algún rincón de vuestra memoria; a ser posible en un rincón decorado, cariñoso; al fin y al cabo, estos recuerdos son la esencia de lo que ahora sois, vuestro por qué.