De hielo



De hielo que bebo,
De hielo que hiela.
Me dejas de hielo,
de hielo las venas.

De hielo silencioso
que enfría los pasos,
hielo que amanece
en tu cielo raso.

De hielo la espada
partida en el suelo;
de hielo las letras,
los besos de hielo.

Cubitos de hielo
salen de tu risa.
Caricias de hielo
por tu espalda arriba.

Hielo que toca en el pecho
como cuerdas de guitarra
como olas de frío.
Frío que se agarra.
Catedral de hielo,
de hielo la hoguera
que dulce me abrasa.
Hielo que inunda más que el miedo,
más que el agua.


Carta a mi reloj


Hola cabezón, no te pregunto cómo estás porque como siempre estás, pues lo sé. Ahora mismo, en medio de la isla de palabras donde me encuentro, tu brazo largo me amenaza porque no tengo todavía el plato caliente para los niños, que llegarán hambrientos de un momento a otro. Eres una constante en mí, como los ángeles de Alberti, como las mariposas de Neruda, pero no eres nada poético conmigo, eres pura matemática, un latido en mis talones, un horizonte tras otro, un sin fin de carretera. No me dejas soñar un sueño de aquellos, terso de piedra pulida, o una de mis banderas conquistada en batallas de mentira. Eres una sábana con brazos de zarza, una siesta taquicárdica. Eres sordo y no paras de hablarme. No me quieres esperar, no me sabes perdonar, no me dejas ni perder ni ganar. No soporto este dolor y este amor siameses, letanía para un vivo prolongada, como el río sin acabar, como el no acabar del mar. No me aceches escondido en las esquinas de la noche para burlarte de mí porque otra vez llegué tarde. La esclavitud dura hasta que el oprimido lo consiente. Y yo, ya casi no oigo tu cuentagotas martilleante.



Venía a reprocharte todo esto porque tengo un sueño; un sueño de esos tan bonitos que se explican en subjuntivo. Y me voy con él. Si te duele este porrazo en tu corazón de cemento te aguantas. Pero me voy a soñar, y esto no depende de ti; nada podrás controlar ahora. No sé cuánto tardaré en volver; por si acaso, no me esperes.


Dedicado a la comparsa Las manos del tiempo, por la coincidencia del tema, y del espacio, y del tiempo. Suerte.


Tachones


… o poema del silencio, o mariposa de sueño, o los versos muertos, o el poema 15.


Han llegado hasta mí, como traídas por el viento, unas hojas facsímile de poemas y cartas de Neruda. Después de acariciarlas como si fueran hembras, las leí, y me vi en ellas de alguna manera: en la descarga de emociones, en el nervio de la letra, en la cadencia musical, y me morí de envidia tres o cuatro veces. Luego me detuve en el poema 15. Disfruté de ciertas curiosidades como ver que el título no es “poema del silencio” sino “poema de su silencio”, como ver escrita la palabra “estoi”; y en los tachones y paréntesis me quedé pensando en el dolor. El dolor de matar un verso quizá no legítimo, un poco aturdido, o simplemente sordo por no haber sabido escuchar a la sangre antes de escribirse. Me fui a mi libreta y miré mis tachones, esos tropiezos que todos tenemos, a veces escribiendo, a veces hablando, a veces sólo por estar presente y vivo. Soy un acierto entre un montón de tachones. Aunque viendo los de Neruda, los míos, se me antojan más errores, y los suyos más aciertos. Gracias Isabelle por el regalo.


Pinchad aquí para ver la imagen ampliada. A continuación, en color rojo los versos que no están en el poema definitivo.


Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Eres tal vez del viento que cantando se aleja


Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.


Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.


Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.

No voy a interrumpirte para que calles mucho,

Y todo sea mío, tu silencio sencillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

¿Cómo callabas antes cuando eras más pequeña?

¿así se te quedaban las manos sobre el pecho?

Si tú no me lo dices tendré que preguntárselo

A tu hermano, el poeta que se fue para México.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.

Porque estás como en viaje, como si hubieras muerto.

Tan callada y tan pálida como si hubieras muerto.

Y como yo le tengo tanto miedo a la muerte

Después estoy alegre de que no sea cierto.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, y una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Asómate al mar (a Juan Gelman)


Asómate, pueblo, al mar

entre las piedras de la última calle soleada

que riegan la arena de una playa abierta,

abierta en canal para tus pies de fruta verde.

Asómate, pueblo, despierta.


Asómate, calle, al mar.

Lanza botellas sin mensaje a la pleamar sin lágrimas,

sin oleaje, sin la espuma de tu voz anestesiada.

hunde un tridente en el corazón de Neptuno,

lanza mensajes (sin botella) a una ola enamorada.



Asómate, barrio, al mar.

Busca el tesoro del fondo en un hilo de agua,

en una escama de sal siembra una hora de siesta,

en una puesta de sol, un maremoto,

vuela entre los peces, tira la caña y la cesta.


Ahora sí, tus piedras centenarias se despeinan

y riegan con piedras la arena de la playa libre.

Asómate, pueblo, a la revolución del mar.



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Escribirte


Que no Eva, que no me gustan las manzanas, ni tus besos son el antídoto de la picadura de serpiente. Que no Dulcinea, que no me parto el esqueleto con ningún gigante para que anudes el pañuelo en la punta de mi lanza, falo de batallas. Que no Julieta, que no me gusta tu familia, pero no voy a cruzarme de acera para no verles, y te aconsejo que en lugar de matarte por mi muerte, mejor te mueras por mi vida. Que no Sherezade, que no me cuentes cuentos, baila mientras yo te quito los velos.

Anda, siéntate y coge este libro. Verás como, más que amarte, lo que yo quiero es escribirte.


Insomnio lorquiano

No puedo dormir esta noche. No voy a descansar. Me desvela el día de mañana. Por fin voy a trabajar después de mucho tiempo en paro. Voy a burlar a la crisis que han inventado los bancos, esos que atan los bolígrafos con una cuerda. Pero no puedo dormir; estoy inquieto. Al final los estudios de arqueología me van a dar de comer, aunque me quiten el sueño. Es esa tontería de tener la oportunidad de sacar de la tierra los huesos muertos del que escribió su vida en palabras la que no me deja dormir. Otra vuelta en la cama. Las sábanas se enredan en mis piernas como una zarza malintencionada.




Cuando los tambores del alba me anuncien el día iré a Fuente Grande. Quizá escriba una línea de la historia con mis herramientas de fabricar desentierros suaves. O quizá el resultado de las excavaciones cierre el telón de La Barraca, y deje boquiabierto al mismísimo Ian Gibson. Vamos a empezar una prospección poética; a ver si sacando tierra enterramos la guerra. Después de hoy, la arqueología en Granada será una ciencia, y un sentimiento. Sabré si las falanges de las manos que encuentre son de poeta o de banderillero; y alguien leerá en una cadena de ADN un poema sin métrica, una certeza. Luego escribirán con la seguridad de una rima su nombre en una piedra dura como un corazón sin venas; y los turistas visitarán la Alhambra y la tumba de Federico.

Ya está amaneciendo y no he cerrado los ojos. A ver si encontramos al muerto que siempre estará vivo. A ver si, cuando todo acabe, él descansa para siempre, y yo descanso por la noche.

Besos (y vino, y risas, y música, y vosotros).


La Cuisine De Bernard - Fito & Fitipaldis



Besos de cristal,

de labios rojos, de rojo vino.

Labios resecos,

de amor, del camino.



Besos de silencio.

Paciente es el tiempo, oscuro el momento.

Cunas de madera con húmedo aliento,

cantan en silencio la canción de un sueño

que dibuja el vino que bebo con nervio.

Con nervio tan lento, que hasta el puro nervio

le arropa el silencio.



Besos amarillos que arrastran el viento

como una hoja seca que estaba durmiendo.

Como una uva roja que endulza el otoño,

como un río de hojas, como una botella,

como un manicomio.

Besos amarillos que le diera ella.



Besos de papel escondido en piedra

que escribiera él.

Fortaleza y hambre.

Que el vino te muerda como una mujer,

y que vino sangres.

Roja la doncella.

Besos de papel, de papel los versos,

versos para ella, que escribiera él.

Peñafiel, 12 de octubre de 2009.


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