El violinista. Primera parte.




Cuando escuchó por primera vez susurrar a un violín su cuerpo era poca cosa para manejar aquella voz de terciopelo pero sus oídos se vistieron en seguida de algodón y lo entendió. Con el paso de no mucho tiempo su cuerpo se adaptó a la forma del violín, los dedos se alargaron, los hombros se hicieron fuertes y el cuello se torció para siempre; para él llegó a ser como una prenda de vestir, como el que acostumbra a llevar gafas, pendientes o careta (quizás antifaz).

Muchas veces se le escuchó decir que amaba a su violín porque era lo más parecido a una mujer que no le había engañado nunca. Siempre guardaba un piropo para su amor de madera; decía cosas como que su violín tenía el coraje de una guitarra y la personalidad de un piano; cuando la botella tenía dentro más aire que whisky era el momento de contar la leyenda de su violín. Las palabras sonaban a balbuceos y costaba trabajo entenderlo como a un extranjero. Decía:



“Cuando compré este violín yo era un niño de piel clara, y él también, Puedo decir que hemos crecido juntos. El hombre al que mi padre lo compró lo había fabricado con sus manos y mirándome por encima de sus gafas de cerca y por debajo de su pelo de nieve me dijo: “Ten en cuenta que cuando escuches este violín él te escuchará también a ti. Háblale.”

Tardé pocos meses en coger soltura en la interpretación, y mi padre, impaciente ya, organizaba reuniones para sus familiares y amistades de la alta sociedad en el salón de casa. Con la excusa de pasear su colección de juegos de café les invitaba a escuchar a su niño prodigio que salía en pantalón corto, con colonia en el pelo y sonrisa ensayada y hacía vibrar las cuerdas del violín para una reunión de sordos musicales que batían palmas con demasiada educación y demasiado poca efusividad. En aquellos días no conseguí que mi violín me escuchara; no sabía que decirle.


Media vida estuve haciéndolo sonar por escenarios de fama reconocida en todo el mundo. Eran tiempos en los que la publicidad del boca a boca en cada ciudad me llevó al éxito. Todos hablaban de mi virtud para extraer música de un violín, pero el instrumento seguía sin escucharme; el cabrón me abandonaba al bajar de las tablas y me dejaba sólo en mi borrachera de alabanzas. Inventé un ídolo para que todos lo idolatrasen, pero me sentía hueco, vacío por dentro, como un violín. Fue esa vida llena de excesos propia de los artistas que caminan en el cenit de su carrera, la que me acomodó en la confianza, me olvidé de él para pensar sólo en mí. Y en este punto mi estrella se convirtió en anonimato demasiado rápido. Empecé a ahogar la frustración de mis errores artísticos en alcohol y una de esas noches en las que la conciencia se sale a la terraza a mirar la luna arremetí contra el violín y entre gritos lo partí en dos. Le dije a voces mientras agonizaba en el suelo: “¿Por qué no me escuchas? ¡Me has dejado sólo!”.


13 comentarios:

Yayi dijo...

Excelente relato. Estoy ansiosa esperando la siguiente parte. Qué hermosa es la música, debo confesarme una fanática de la música orquestada. Beso!

Sureña dijo...

Él era quien había abandonado al violín y no se quería dar cuenta...

Qué bueno Antifaz

Besos

Mariel Ramírez Barrios dijo...

que bello
y que triste+
es que la mente del artista no tiene las venditas que los mediocres usan para filtrar los cascotazos
su inmensa sensibilidad los deja expuestos
con un rosado molusco sin coraza en el sol
se hieren entonces
y se anestesian con ajenjo
opio
lo que sea
al cabo
ya no hallan el arte en su cabeza
y rompen el instrumento intermediario
como el amante ciego que destroza la cara de la amada de un trompazo
cuando no puede manejar su frustración
y el alcohol hace que le estalle la cabeza.
Aplaudo respetuosa.

borrasca dijo...

Lo que narras lo viví muy de cerca, la diferencia es que ni en sus peores momentos le pasó por la mente quebrar su violín, pero también se quedó solo... mejor dicho sin mí, que es igual.

Besos borrascosos

Mariel Ramírez Barrios dijo...

Por cierto
el diseño del blog
es una pasada
impresionante la estética el efecto del remarcador
la diagramación
vale un aplauso
plap plap plap

Sylvie dijo...

quizá esa sensación sea la que tenga el que abandona...que son los demás los que le abandonan a él.

yo también le hablo a mi saxofón...y me enfado cuando no tiene ganas de hablarme afinado!!!!!!!!!!

besitos.

Malena dijo...

Todavía hay personas que no han llegado a entender que las cosas también tienen alma.

Espero la continuación.

Mil besos, mi caballero del Antifaz.

Plasoaris dijo...

Son notas desgarradas las de un violin que parecen siempre mostrar tristeza. A veces necesitamos excusas para dejar aquello que realmente queremos, necesitamos motivos que nos hagan alejarnos de aquello que durante un tiempo nos dio una vida.

Un saludo antifaz.

manuel-tuccitano dijo...

Algo parecido me pasó a mi con mi guitarra...que con tanto esfuerzo me compró mi padre...pero fuí yo el que la abandoné...fruto del alcohol de cierta romería por la peña...me empeñé en subir con ella al castillo y me despeñé con ella...yo sigo por aqui...la guitarra...ni me acuerdo. salud

Jesus dijo...

Instrumentos...
Instrumentalizados...
pero siempre con alma,
siempre dispuestos a renacer
porque los necesitamos.
Es la "reencarnación" de los soportes,
de las "muletas",
de lo que nos devuelve a la existencia real.
El violín se rompe,
pero seguro que la cosa no acaba ahí,
a ver en la segunda parte...

Un abrazote

Lalirio dijo...

"Era un mago del arpa. En los llanos de Colombia, no había fiesta sin él. Para
que la fiesta fuera fiesta, Mesé Figueredo tenía que estar allí, con sus dedos
bailanderos que alegraban los aires y alborotaban las piernas.
Una noche, en algún sendero perdido, lo asaltaron los ladrones. Iba Mesé
Figueredo camino de una boda, a lomo de mula, en una mula él, en la otra
el arpa, cuando unos ladrones se le echaron encima y lo molieron a golpes.
Al día siguiente, alguien lo encontró. Estaba tirado en el camino, un trapo
sucio de barro y sangre. Más muerto que vivo,. Y entonces aquella piltrafa
humana dijo, con un resto de voz:
“Se llevaron las mulas”
Y dijo
“Y se llevaron el arpa”
Y tomó aliento y se rió:
“Pero no se llevaron la música”
EDUARDO GALEANO

Ya he vuelto, y tengo intacta la música.
Besos

Calle Quimera dijo...

Un diálogo es siempre cosa de dos, si uno no está dispuesto a realizar ese acto de comunicación por los motivos que sea, no puede esperar que el otro hable. Y entre un músico y su instrumento debiera existir tal grado de empatía que ese diálogo tendría que surgir solo, sin provocarlo. Se ve que el violinista nunca tuvo nada que decirle a su violín, solo al público...

Es preciosa la historia, y enorme tu sensibilidad, Antifaz.

Besos. Espero la segunda parte.

El antifaz dijo...

Gracias a todos por los comentarios. Estos días no tengo mucho tiempo. Pero volveré.
Abrazos.