Tengo un problema

Tengo un problema, es personal e intransferible. ¿Tú no tienes problemas? No mientas coño. Es algo que a veces te hace pensar que eres mala persona, recuperando de algún sitio imposible amores y odios que personalizo sin saber por qué, y que me lleva al auto integrismo; justo el espejo donde nunca quise mirarme. Pero es inevitable; la química, que afortunadamente nos va moldeando el carácter, no deja de trabajar ahí dentro, y aprovechando unas vacaciones de fin de semana de la conciencia, nos maltrata con pensamientos impropios de un ser racional. Empieza la batalla, sin garantías de victoria, contra uno mismo. Yo, que era tolerante como una piedra con la lluvia o el sol, que me creí de mentalidad abierta como las puertas del mar, yo que me fiaba de mí mismo como un ciego del lazarillo, me descubro luchando contra actitudes cerradas, sentimientos llevados a la exageración y ataques a lo que estúpidamente creí que era mío. Cuando, hablando de patrias o de sentimientos – tanto monta, monta tanto – se pone el posesivo por delante, puedes tomar como enemigo a un desconocido, simplemente por haber dicho o hecho algo que salte la valla del huerto de tu ordenada vida; esa que crees tuya, aunque otros la hicieron por ti, y ordenada a base de leyes, códigos y normas que los demás te vendieron como inmejorables en menos de lo que dura un discurso o un sermón. Y como lo que defiendes vale más que una guerra, la batalla está planteada con intención de ganar, a pesar de que las victorias dejan una incontrolable euforia y ningún aprendizaje; siendo de las derrotas de donde salen las ganas de seguir luchando y el afán de superación.
Cuando se consigue algo derrochando esfuerzo, nervio, sudor, poesía, insomnio, imaginación, originalidad, y te asomas por fin a contemplar el paisaje hecho a tu medida, la satisfacción te impide que otro fulano agresivo, contagiando fácilmente la violencia a los de su bando, venga de más allá de la línea que une el cielo y la montaña a apropiarse de ese trocito tuyo que tan exacto viene a tu mirada, aunque diga que él empezó allí a escribir la historia antes que tú.
Tengo un problema; y es que hay gente que me sobra. Algunos me sobran más que otros. Otegui, desde luego, me sobra. ¿A ti quien te sobra?

5 comentarios:

Carmen dijo...

Desde ayer estaba esperando este artículo, no me podía ir hoy a mi casa sin leerlo. Me van creando adicción. Yo no soy nada políticamente correcta, eso lo confieso quizás porque durante 27 años de mi vida no pude expresar lo que pensaba y tenía que vivir repitiendo los eslogán. Si esos que sobran en mi tierra y que desde muy temprana edad tienes que repetier para que no te señalen con el dedo y te hagan la vida imposible. A tí te sobra Otegui, a mi muchos más. De este país que ahora también es mío me sobra De Juana, Carod Rovira, el nuevo partido ABS. Del mío me sobra Fidel y su camarilla (tenía miedo de escrirlo, no lo puedo evitar, nací sin libertad)

El antifaz dijo...

Gracias Carmen. El miedo político es algo contra lo que se lucha con la palabra (ese arma que ellos no conocen). El miedo en general, sicológico, sentimental o social, es tan íntimo a veces que no podemos reconocerlo, justamente por miedo; por la carátula de perfección que obligatoriamente debemos llevar puesta. Sin embargo, es el miedo el que nos motiva a encontrar la fuerza para superar esos escalones que parecen inalcanzables. Resumiendo tus palabras: como no nos gusta tener miedo, buscamos su salida: la libertad de la que hablas. Un beso.

vasca dijo...

A mi me sobran tambien muchos personajillos, esos que pretenden que me sienta culpable por no perdonar a gente como Otegi o de Juana por el miedo que siendo niña me hicieron sentir. Ese miedo que me hacia levantarme sonambula para ver si mi padre habia llegado bien a casa, porque cualquier dia uno de esos individuos podia dejarme sin lo que mas queria por unas ideas, que se podian defender de otra manera. Es muy triste que en algunos sitios, solo unos pocos puedan defender su ideologia, y los demas no tengamos la libertad de hablar. Cada uno de tus articulos me sorprende mas que el anterior. Sigue escribiendo, que yo seguire visitandote para poder emocionarme con tus palabras

Almudena dijo...

A mi, que me considero bastante cobarde ante los problemas y sobre todo ante los cambios, y que el miedo, en lugar de impulsarme a la lucha, me deja paralizada; a veces (solo durante unos infantiles y regresores segundos) me gustaría poder transferir mis problemas.

El caso y la realidad es que no lo son.

Aunque debo admitir que hubo un tiempo, durante el cuál, me levantaba cada mañana deseando "ser" y "vivir" la vida de otra persona, mejor dicho, de cualquier otra persona que no fuera yo. Quería volver a dormirme y que, al despertar, me quedará de mi realidad y de la del mundo, tan sólo un mal sabor de boca...

En mi opinión (que no es demasiado valiosa), no sobra nadie. Me explico, todas las personas son válidas e incluso necesarias. Llegados a este punto dejo ésta interrogación retórica en el aire:

¿Es posible que nosotros también le estemos sobrando a alguien?

El camino de esta vida está lleno de piedras en el zapato, algunas molestan tanto, que pueden llegar a doler, otras sólo escuecen, aunque son inofensivas.

El caso es que, personalmente, creo que todas la piedras tienen su razón de ser. La visión positiva o negativa que de de ellas se pueda tener y la reacción que en nosotros provoquen es sólo cuestión de nuestra perspectiva.

El antifaz dijo...

Llevas razón: no sobra nadie. Lo que describo en el artículo es la actitud de alguien que pinta los paisajes y enarbola la bandera cómo a él le gusta, sin que el paisaje ni la bandera puedan decidir libremente de qué color quieren ser y qué viento quieren que les agite. Lo que realmente sobran son actitudes. Llevas razón.