Léo Valentin. L'Homme Oiseau.


Esta es la historia inventada de Léo Valentin. Léo nació bajo un signo de aire, un día que el viento pasaba despeinando los bosques de Epinal (cerca de Estrasburgo). Desde pequeño se perdía en la anchura del tiempo mirando los pájaros, los aviones, haciendo volar cometas fabricadas y remendadas con sus propias manos. Léo siempre miraba al cielo. Entendía los vientos con sólo notar el roce de alguno de ellos en la piel; sabía cuando una corriente de aire era propicia para coger altura; comprendía mejor que nadie como las aves ahorran energía en sus largos viajes a África que empezaban siempre cuando en la casa olía a castañas y cuando las hojas amarillas de los árboles más cansados le hacían una alfombra a sus juegos infantiles.

Sobre una montaña de estas hojas secas, que él mismo moldeó con las manos, instaló la pista de aterrizaje de su primer vuelo. Saltó desde una rama quebradiza de un nogal anciano con dos tablas de madera al hilo de los brazos cubiertas de tela y sujetas por unas cuerdas que robó a su padre en el trastero. Se abrió las rodillas y se le cerraron los omoplatos al caer; pero el corazón seguía volando; quizá el corazón era producto de su imaginación intrépida. Fue perfeccionando la técnica y rompiendo sus huesos conforme pasaban los años, hasta que llegó a construir, yo diría confeccionar, un traje de tela y madera que le hacía planear, es decir, pesar como el aire, y que le convertían en una especie de murciélago blanco. Estableció técnicas de salto que hoy día se usan como un manual. Disfrutó, vivió, sintió cada salto a pesar que la burla callejera que profetizaba que Léo el pájaro un día se iba a matar. Léo no escuchaba. Léo volaba.



Participó en la Segunda Guerra Mundial como paracaidista del ejército aliado. Y volaba. Y llegó a hacerse amigo del viento, que le invitaba a dar un paseo sobre las cabezas de los mortales de la lengua larga. En 1956, hizo una exhibición de salto en Liverpool. Vistió su membrana de aspecto vampiresco, y, a la hora de saltar, algo falló. El aire golpeó una de las maderas contra el avión y cayó. Yo no sé qué pasó; su sobrino nieto tampoco supo explicármelo. Un mal vuelo. El primero le rompió las rodillas. Este fue el último. Los demás, sencillamente, los voló. El loco hizo lo que quiso en su vida. Nunca hubo otro después de Ícaro y de Leonardo que volara tanto. Y aquí acaba la historia inventada de Léo Valentin. Por eso me gusta soñar; porque es como volar, pero con menos riesgo físico.


Merci Eric pour l’histoire, et pour ta compagnie.

16 comentarios:

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

tuvo suerte hizo lo que quiso a pesar de los pesares...fue libre hasta para intentar matarse..salud

Una canción para ti dijo...

Participar en la guerra es lo que menos me gusta. Yo soy pacifista pro puro miedo que me da el pim pam pum.

Besos

Letizia dijo...

Se parece ese Leo a mi Felipín. Mi Felipín no fue a la guerra, pero pilota aviones militares cuando le dejan.

Besos de Princesa

Eugenia dijo...

Soñar. Es verdad, es menos arriesgado. Es como el fuego que calienta pero no quema.
Un beso! feliz fin de semana!

TORO SALVAJE dijo...

He volado con tu sueño inventado.
Sueñas de lujo.

Saludos.

manuel Rubiales dijo...

Yo veo en toda la historia una gran metáfora sobre la libertad, pues pocas cosas deben de hacer sentir más libre a un ser humano que el sueño de volar. Buen texto.

Belén dijo...

Eso si es una vocación, la de él y la tuya, claro...:)

Felices sueños

Besicos

Malena dijo...

Mi querido Caballero del Antifaz: Es una historia preciosa de un "loco" que vivió toda su vida con la "locura" de volar. Un Juan Salvador Gaviota que dedicó sus fuerzas y sus ilusiones a lo que más quería. Desde mi prisma no creo que fuera tan loco como pensarían muchas personas.

Gracias por esta historia.

Mil besos.

Con un par de tacones dijo...

Tu última línea me ha hecho recordar el placer de leerte, siempre tan certero, ingenioso y personal.. Un beso, un taconazo.

Carlos dijo...

Lindo homenaje.
Me recordaste al sastre austríaco que en 1912 confeccionó su traje con alas y saltó desde el primer piso de la torre Eiffel, 57 metros.
Obviamente se mató de contado. Su nombre era Franz Reichelt, hay un video de su caída voluntaria (intento de vuelo) en YouTube ;)

Saludos.

Silvia_D dijo...

Genialmente relatado... no conocía la historia de este hombre.

Besos

Palmoba dijo...

No me creo yo de los que tu sueñas sin quemarte..Eric es un frances que pinta navidades nuevas??

El futuro bloguero dijo...

Cayó cual Icaro. Es dificil compaginar ser hombre y poder volar

RECOMENZAR dijo...

Hermosa historia de letras con comas nacidas del alma de un poeta besos

Clara dijo...

Qué historia!
Toda una vida persiguiendo un sueño hasta sus últimas consecuencias.

Un beso,

Calle Quimera dijo...

A veces, la única cordura posible vive en la locura, es la locura. Sobre todo, cuando intentas encontrar la piedra filosofal que convierta un sueño en realidad.

He pinchado el enlace que dejaste, pero no sé francés, no he podido enterarme de la verdadera historia de este piloto. Dices que la tuya es ficción.... Seguro que es la que él habría querido vivir. La que vivió.

Besos.